“Desprendida, como un globo, de las manos de cumpleaños anteriores; sumida en el mundo paralelo de los incapaces; cuando ninguna técnica podía ya devolverla a la realidad, una remisión espontánea de ternura la despertó. La mañana del 24 de septiembre de 1995 la encontró varada en el borde de un ventanal de chapas, sosteniéndose el mentón con las palmas, abriendo y cerrando sus ojos al afuera, esa superficie descubierta de oxígeno donde un señor sin nombre dos décadas atrás había comenzado a transcurrir su vida allí y de cuya existencia no se había percatado ella sino cuando una remisión espontánea la pobló de su ternura anestesiada. No tenía más que aquél altillo de chapas oxidadas donde yacían amarillas las últimas veces que había vivido sobre papeles literarios, y una planta baja donde se sucedieron, año tras año, las violencias que la habían llevado al autismo, al arte como modo de vida y como vida, encerrada, desprendida del salvajismo y el descontrol de la sociedad que la repelía. Aunque ya al reaccionar, no tenía nada, escucharlo durante aquellos instantes de la primavera, la hicieron saberse capaz de escribir sobre los sauces, o de hurtarle una hoja disecada al atajo para imprimirle un título a su siempre postergada novela. Cuando el piano sonó así, tan simplemente, como si solo precisara que esas manos tocaran las teclas, cual ave que allí encuentra la rama desde la que inicia el vuelo, todo se le había vuelto viviente y sencillo y hasta le parecía que el aire hacía ruidos melódicos y el viento, soplidos de viejos pentagramas que él innovaba, tocando. Nacía así una loca expresión de contento, y se ponía de pie para aplaudirlo sin dejar que sus manos lograran el aplauso sonoro, y se calmaba entre las idas y venidas de la danza sobre los tonos, semidormida, casi en paz, hasta entregarse al sueño al son de esos dedos extendidos. Los de él, el pianista, inventor de huracanes que se diluyen sin hacer daño, pero dejan los sedimentos de su milagro”.
Gisela Mancuso, El simple acto de tocar.
Cuánto más puedo decirte, emprendedor, que no te haya dicho en aquélla nota cuando te alertaba y me alertaba sobre aquello de no estar dormido, de no dejarse vencer, de dejarse llevar por los despertares de cada día. Y paso a paso, de humildades y logros, ver abonado tu camino con los alicientes de lo que, aunque con esfuerzo, pudiste conseguir. Estos tiempos de cuadernos nuevos te hacen pensar en cuán grandes están tus hijos al verles quizás el uniforme y advertir que el ruedo del pantalón es muy grande, o el yumper está muy corto. Estos tiempos que son tiempos de comienzos de trabajos más intensos, de jornadas y más estructuras, más que siempre, luego de tu descanso, es preciso estar despierto. Despierto para no perderse ninguna aproximación a tu proyecto empresarial, despierto para que no se te escape –sin verlo y vivirlo- el último diente de leche que se cae, o el último año de la escuela de tu hijo, o el crecimiento paulatino de una panza hermosa a cuyo resguardo vive su hermano. Despierto. Para no perderse cómo ellos también emprenden su camino, y se alistan en el mundo de esta civilización tan confundida para pelear por sus convicciones con el legado de tu crianza. Lapiceras de pluma, lápices de colores, cuadernos nuevos, hojas que pasan. No dejes que nada los duerma, no dejes que se pierdan la posibilidad de vivir despiertos. Y que el simple acto de tocarlos los renueve cada día, los complete cada día un poco para que al ser adultos emprendan sin carencias atrasadas. Que no los sobresalten sus emociones, que aprecien cada momento irrepetible, y que construyan su camino con baldosas propias. También verlos crecer es emprenderse, es lograr la más bonita empresa que podamos fundar en esta Tierra. Que los duerma solo el cansancio de la noche, y que la conciliación con su sueño y con sus sueños sea armoniosa. Que cada segundo en que la almohada los venza transcurra como si alguien al lado suyo estuviera rozando las teclas de una sinfonía. Que en esta época de comienzos, sea el comienzo de un año emprendedor para tus hijos. Y que los dientes salgan en hilera, tengan pocos dolores de panza, y mucha energía para pedirte que los abraces. Cuánto más puedo decirte, sino desearte que el comienzo de las clases sea un inicio emprendedor para vos y para tus amores. No hay mucho más, y lo es tanto y todo. Aunque busquemos y hurguemos en lo complejo, ahí está la escena de la felicidad. En lo que construiste, en lo que construís o en tu actitud constructora.
Porque emprenderse, los dos sabemos, es darse cuenta de que lo bueno suele ser simple. Y lo simple, duradero. Que el instante, aunque se va, es recuerdo. Y eso se queda para renovar la felicidad. No se te olvidará detenerte para mirar todo lo que ya tenés. Al alcance de tu mano. De un abrazo. De una firma en el cuaderno de comunicaciones. O de una comunicación cara a cara, enseñándoles a los pequeños de qué se trata la hermosa empresa de la vida.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios. [email protected]. autora del libro Abrazo Mariposa http://ar.geocities.com/abrazomariposa/abrazomariposa.html








