Al menos, formulemos a alguien, no sé, una ingenua, pero poderosa pregunta. Digo, porque el poder se alimenta también de la conocida y negada respuesta. ¿Por qué?, ¿Por qué? ¿Por qué? ¿El destino baraja cartas para todos? ¿Quién las reparte? ¿Quiénes pueden forjar su futuro? ¿Cómo hacer operativo “eso” de que “La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad…” (artículo 16 de la Constitución Nacional) ¿Cómo hacer operativo ‘ese’ estado de “idoneidad” sin educación?
“…Abrí los ojos y te vi, la gente no escucha tu canto, algunas noches no comprenden que te morís de soledad.
Un abismo, tabla de ajedrez; en blanco y negro, Buenos Aires, te llevabas toda la risa, y eras frágil como yo…” En blanco y negro, Silvina Garré.
El centro de Buenos Aires es asiento de instituciones públicas y privadas, de hoteles, de empresas, y de sedes administrativas de plantas industriales. Es allí donde muchos emprendedores, durante el día, lidiamos hasta el hartazgo con la burocracia, con los ruidos y con la violencia, para ejercer el trabajo que hemos elegido, o al que nos hemos adherido en relación de dependencia, o al que accedemos porque no podemos optar.
Cuando el ocaso invernal se sucede, todos volvemos a nuestras casas con la imagen de una Buenos Aires de la que quisiéramos escapar y a la que no quisiéramos regresar sino cuando un compromiso nos reencuentra con ella a las siete de la mañana, y entonces ella se nos exhibe con apenas unas plumas que ornamentan su bella desnudez; o tal vez cuando, por un imprevisto, se nos olvida en “la oficina” las llaves de nuestra casa, y entonces regresamos a la ciudad caótica para recuperarlas. Si venimos en un transporte desde el Abasto por la Avenida Corrientes, Buenos Aires nos sorprende. Se ve hermosa. Es una postal en movimiento de la que formamos parte sentados en alguno de los tantos asientos libres del colectivo, frente al volante, o en el asiento trasero de un auto si es que un conductor nos transporta. Sin embargo, tan inmensa es la decepción como la emoción que provoca ver esa escenografía porteña desprovista del movimiento de la rutina cuando, por una cuestión articular que no podemos evitar, miramos hacia los costados, y nos encontramos a lo largo de todo el camino y en cualquiera de las calles donde doblemos con cientos de bolsas de basura rotas, desparramados los residuos alrededor de ellas hasta convertir las veredas en un basural.
No tan decepcionante es ver la conducta de quienes de esa manera se ganan el sustento, como el advertir que en su gran mayoría son niños y niñas, tal vez dirigidos o vigilados por sus padres desde alguna esquina, tal vez desde ningún lugar. Más aterradora es la pregunta sin respuesta que se nos imprime en la mente: ¿no hay manera de organizar el proceso de separación de los residuos de los materiales reciclables que son trocados por uno, o dos pesos (si no exagero), si se juntan suficientes kilos? Digo, ¿no es más caro el costo de reparación de una ciudad con sus veredas y calles arruinadas y, aún peor, de la salud física y psíquica de esos niños que los padres, el Estado, la Constitución, los Tratados, y la mar en coche normativa deben proteger, que las monedas que las personas pueden obtener en el intercambio de esos materiales? ¿No hay manera de que esos niños estén durmiendo a esas horas para que, al otro día, estén lúcidos y descansados para asistir a la escuela? ¿No puede el Estado emplear a esa gente en algo que “produzca”, en algo donde realmente exista un intercambio y no “un te doy cartones, me das plata, te dejo la ciudad así, y hago de mis hijos esto”? ¿No puede el Estado hacer nada con la soledad de la gente que duerme en el centro porteño en algún rincón oscuro y frío? ¿Nada que no los obligue a recurrir a la destrucción de sí y de sus hijos y del lugar donde vivimos? ¿Nada como educarlos para que se eduquen? ¿Nada para que puedan trabajar? ¡Si están dispuestos, predispuestos, y de hecho lo hacen, a juntar cartones y materiales susceptibles de reciclado, por unas monedas! ¿No puede el Estado darles un poco más que unas monedas, y no tanto más que unos billetes para que no sea de concreción presupuestaria imposible, para que dignifiquen su vida y trabajen? ¿O el Estado no tiene otra ocurrencia que crear planes de trabajo donde el trueque es un monto por una marcha o un piquete? Me pregunto si no se preguntan. Y ¿qué hacen cuando piensan en “nosotros” en su rol de representantes?
Volvemos a nuestras casas con las llaves en la mano, conscientes ahora de que es preciso buscar la cerradura donde nuestro prójimo más débil (los niños) y nuestro prójimo todo, aprenda y sepa que tiene derecho a saber que puede tener un juego de llaves, y la obligación de cuidar no tanto y tanto las veredas como a sus hijos.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios.









