Espero que la ausencia sea alegre y espero nunca regresar.
El diario de Frida Kahló, última pág.
En una casa azul el albor de un 6 de julio la trajo al mundo. Un ángel sin guarda la dejó en México con una propensión incurable a ser incandescente en su tierra. Pero con un mazo de cartas malas para el truco de la vida que causalmente le tocaron para que ella hiciera de sus dedos perfectos diez pinceles de colores. Para dibujarse una vida transgresora –y no por eso menos digna- en la que los retratos de sus secuencias trasladaran al vidente a la imagen de los límites del dolor y de la saturación que un ser humano puede soportar. Y ¿qué hacer frente a eso? ¡¿Y cuánto se puede hacer frente a lo que nos toca?!
Su poliomielitis infantil y el accidente que, a sus dieciocho años, hizo trocitos de huesos de su columna vertebral y que le dictaminó la imposibilidad de tener un hijo, la alertaron sobre sus condicionamientos irreparables (las tantas operaciones no dieron los resultados esperados); y aprendió, no sólo a vivir en esa nebulosa adversidad femenina de no poder valerse sin un corset de hierro, de no poder traer a un pequeño ser al mundo que la llame “mamá”, sino que construyó una tamaña empresa con su dolor inmenso, convirtiendo cada una de sus lágrimas congregadas en su esternón entero en retratos y autorretratos que la conectaron con el éxito –más póstumo que simultáneo con la vida como suele suceder- y con el gran amor de su vida, el también pintor Diego Rivera.
Mucho más que una acuarela esfumada sobre una lámina en blanco, tanto más que una firme convicción y un sostenimiento de ideas aún contra la corriente política que la arrasaba. Un ejemplo de mujer y de vida. Y del poder que tenemos para transformar lo más ingrato en un motivo para que otros vean la belleza. El terrible desahogo de una mujer admirada que ya no está, es cierto, pero que está en ese lugar del mundo trascendente donde la dejó la vida a sus cuarenta y siete años.
La retrato con palabras insuficientes, con una profunda admiración por su obra; pero fundamentalmente porque el conocer su vida, a través de los documentos a los que accedí, me dejó una enseñanza que, tal vez, podamos apuntar en el margen de nuestro primer paso, cada mañana al despertar: sea como fuere, con tréboles de corazones, con el haz de espada, con un comodón o con el cuatro de copas, en la vida, en apariencia más miserable, puede encontrarse una veta para disfrutarla. Belleza pura entre tanta contaminación de valores. Un motivo para no quedarse en esa baldosa que solo nos rodea de las rectas iguales de un cuadrado, y tantear en la baldosa lindera, luego en la otra, y sentirse dueño del suelo, del lugar en el que uno desea estar. Una vez que lo hayamos encontrado.
Porque emprender es también eso: vivir la vida buscando el arte de sentirnos felices.
* Gisela Vanesa Mancuso. Abogada , escritora y redactora. [email protected]









