Como para los diarios de llegada masiva el discurso de hoy, de esta semana, y la que vendrá es la fotografía de una mujer y el “triunfo” —más allá de sentirme orgullosa como mujer que mi país sea un precursor del reconocimiento de las aptitudes del “género”, e independientemente de que eso me conmueva o no a la hora de hacer ejercitar mi derecho al voto— me fueron y me son aún más llamativos, pequeñas grandes particularidades que, hayan sido o no determinantes para un resultado, son sí determinantes para definir el “estado de condiciones” que existieron ayer en el contexto de los comicios. Y viene a cuento de que, entre las innumerables anomalías de la organización, para quienes el voto fue “optativo” por la edad y, particularmente, para las mujeres “grandes” para quienes el derecho al voto fue un “mandado al que no querían faltar”, se hizo muy difícil soportar una “fila” y darle curso a su elección. Porque frente a la posibilidad de votar o no, decidieron votar; pero ante las circunstancias en que debían hacerlo, muchos abuelos —unos cuantos abuelos—, retrocedieron, y se fueron a sus casas sin ese sellito violeta que les hubiera dado dignidad, y que hubiera hecho más legítimo el resultado final de las elecciones. Particularidades, claro, que no sé si fueron determinantes; pero que significaron, en lo que a mí concierne, un fraude moral, una traba impecable para que la opción de votar no exista, y se convierta en un retroceso. Porque, si avanzamos socialmente, y se dice de algunas mujeres que “hoy pueden” —muy a pesar de las tantas que aún viven apresadas por un prejuicio cultural—, es lamentable que hayamos retrocedido en el reconocimiento a la mujer del derecho a votar, del derecho a votar da la gente que “superada en edad” es, asimismo, “superada en experiencia”. Y así sucede, a diario, que en pos de lograr un reclamo, de ser escuchado por las instituciones privadas o públicas que, sin querer o queriendo, que por negligencia o dolo, menoscaban nuestros derechos, debemos articular tantos mecanismos de petición y reclamos, que nos cansamos antes de practicarlos y quedamos apresados por una perversa manipulación burocrática. Así, los hombres y mujeres de este suelo, que han querido votar pudiendo no hacerlo, se han preguntado si valía la salud emitir su voto, si no era mejor volver a casa, preparar el mate, y ver en la televisión cómo los otros —los que resistieron las condiciones— eligieron por ellos.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios. [email protected]. autora del libro Abrazo Mariposa http://ar.geocities.com/abrazomariposa/abrazomariposa.html









