Todos los que pasamos los 50 (en mi caso fue hace apenas instantes) tenemos una fuerte y hasta paranoica tendencia a creer que todo tiempo pasado fue mejor. Que lo que nos tocó vivir hace 20 ó 30 años es único e irrepetible y que las jóvenes generaciones nunca podrán disfrutar de esas maravillas.
En mi caso particular tengo también la tendencia compulsiva a creer que los uruguayos son mejores que los argentinos (con la lógica excepción del ex Presidente Battle) y lo repito constantemente. Hasta el punto que mis dos hijos me preguntan siempre por qué no me dejo de embromar y me voy a vivir a Montevideo para disfrutar a los uruguayos y a la vida.
Quiero anticiparles que los motivos de esa compulsión serán analizados próximamente en el cuento “Elogio a la Banda Oriental”.
Bueno, lo de que todo tiempo pasado fue mejor parece ser una estupidez. Hoy contamos con muchísima tecnología y variados servicios que enriquecen nuestras vidas y que no existían en el pasado. Pensemos solamente en los cepillos para dientes eléctricos, las cintas para correr en un punto fijo, los autos que estacionan solos (particularmente valorados por las mujeres), los paseadores de perros, los celulares con cámara de fotos-MP4-conexión a Internet-palm-GPS, los mensajes de texto de los celulares, y hasta los microondas. A veces me cuesta imaginar como hacíamos antaño para vivir sin ellos.
Sin embargo, hay dos cuestiones puntuales donde es cierto que todo tiempo pasado fue mejor y, lo que es más grave, todo tiempo futuro será definitivamente peor que el actual. Las dos cuestiones son la política y el fútbol. Explicar por qué la política es peor y seguirá denigrándose en el futuro no es tema de un cuento sino de varios libros. Pero si queremos resumir el tema diremos que en los últimos tiempos tuvimos un Presidente llamado Charly Méndez, y con eso queda todo dicho.
Lo del fútbol requiere de mayores cantidades de palabras. Mi viejo me contaba que cuando él era chico se jugaba con un arquero, dos defensores, tres medio-campistas y cinco delanteros. Me sonaba deslumbrante, porque evidentemente el objetivo era ganar, y así podía existir la máquina de River, aquella de Muñoz-Moreno-Pedernera-Labruna y Loustau. Que siempre ganaba 6 a 4, 5 a 3 ó 9 a 7 porque ponía mucho más empeño en el ataque que en la defensa. Pero lo bueno es que siempre ganaba, y sus hinchas se iban del Monumental pipones de buen fútbol. Piensen por un momento como salen hoy las gallinitas del mismo estadio: varios de ellos se suicidan todos los domingos tirándose desde la Tribuna Centenario.
En mis tiempos ya había bajado un escalón de calidad. Además del arquero –puesto que me parece el más sufrido y encomiable de éste noble deporte- ahora había cuatro defensores, tres medios y tres delanteros. Pero el objetivo seguía siendo ganar. De los tres medios estaba el legendario centrojas, el glorioso número 5, que era el nexo natural entre defensa y ataque y quien ordenaba el funcionamiento del equipo casi como si se tratara de un reloj suizo.
Si el tipo era realmente bueno jugaba en un cuadrado de diez metros, y no necesitaba nada más para cumplir su función. No corría en forma estúpida como los llamados “carrileros” de hoy en día, que van y vienen por los laterales de la cancha hasta que dejan un surco que después el pobre canchero tiene que rellenar y resembrar en la semana.
Hablamos de los 50 a los 70. Por la derecha jugaba un mediocampista cuya principal función era recuperar el esférico pero que también sabía jugar a la pelota. Nada que ver con los ridículos carrileros ya defenestrados en el párrafo anterior, que son más maratonistas que jugadores de fútbol. Y por la izquierda estaba “el elegido”, el 10, ese zurdo maravilloso que comandaba todos y cada uno de los ataques de su equipo. Si la pelota no pasaba por él había que volver atrás y empezar de nuevo, porque era como que el gol no tendría valor. Hablamos de tipos como Bochini, Ermindo Onega, Alonso, Willington, etc.
Arriba estaban el wing derecho, el centroforward y el wing izquierdo. Nombres raros no, será que el football es un invento inglés? Como ya sabemos desde hace mucho tiempo que el centroforward murió al amanecer, nos vamos a concentrar en los dos wines. Estaban bien abiertos sobre los laterales, con el maravilloso objetivo de agrandar la cancha para crear más situaciones de gol. A diferencia de las tendencias actuales de achicar la cancha para –en el fondo- evitar perder.
Porque esa es la gran diferencia del fútbol de ayer y el de hoy: antes se jugaba para ganar, hoy se juega a no perder y –si pasa algo extraordinario como un gol en contra, un penal fingido o la muerte súbita del arquero- eventualmente ganar y festejar locamente con variadas coreografías más propias de vedettes emplumadas que de machos que juegan al fútbol y tienen que reventarse a patadas.
Ese era el fútbol ofensivo de mis tiempos, simbolizado en el mejor equipo que pude ver en mi vida: el Brasil de 1970, que se daba el lujo de jugar con cinco centrodelanteros esparcidos por todo el frente de ataque: Jairzinho, Gerson, Pelé, Tostao y Rivelinho. Eso era fútbol, no el de Lavolpe, Passarella o Ruggeri.
Hasta que apareció un tal Johann Cruyff, técnico de Holanda, equipo al que no recuerdo si apodaban “la naranja mecánica” o “la mandarina saltarina”, que no jugaba mal –de hecho era espectacular por momentos- pero donde no había puestos fijos, o sea que cualquiera cumplía cualquier función. Lo que se dice un maremagnum total, un atropello a la razón, una ofensa al paladar futbolero del argentino, que en éstas cuestiones es claramente un paladar negro.
Había solamente dos tipos de wines: el habilidoso y el rápido. Por alguna extraña razón que nunca pude develar los izquierdos solían ser más habilidosos y los derechos más rápidos. Una posibilidad que me he planteado es que el izquierdo mamara el ejemplo del 10, lo tratara de imitar y –finalmente- consiguiera cierta habilidad para manejar el esférico. El derecho, en cambio, tenía cerca al 8, de quien ya hemos narrado que era más recuperador que jugador. Y era un mal espejo donde mirarse.
Un famoso puntero derecho fue el uruguayo Francisco Waldemar Pulpamendi, el Pepe. No era un prodigio de habilidad manejando la pelota, pero era veloz como un rayo. El único puntero derecho de similar velocidad que pude ver en mi vida era Luna cuando corría los precisos pelotazos de Daniel Willington.
La jugada de ataque del equipo del Pepe era siempre la misma: se recuperaba la pelota, más rápido que despacio la misma llegaba al 10, el 10 levantaba la cabeza, entrecerraba los ojos y cruzaba un pelotazo de 73,18 metros hacia donde el Pepe ya venía lanzado. Después de arrancar de atrás de la línea del medio para evitar cualquier posibilidad de orsay.
El Pepe no tenía siquiera que desviarse de su carrera o frenarse para recibir el balón, porque el mismo caía exactamente en el punto donde debía caer. Se hicieron varias mediciones con odómetros y teodolitos y el margen de desvío no superaba nunca los 9 milímetros. Claro, el 10 de ese equipo no era otro que Wilson Gorlero Cagancha, de quien tantas páginas brillantes se han escrito en el libro de oro del fútbol rioplatense.
El Pepe se llevaba la pelota superando al 3, llegaba a la línea de fondo y con pierna derecha (porque por definición era diestro) lanzaba un centro perfecto para que el 9 cabeceara y convirtiera. Si el centro era defectuoso y salía a ras del piso igual el 9 la empujaba adentro, porque era tipo Palermo: bastante perro con la pelota pero te la mandaba a guardar desde cualquier lado. Y si había algún rebote ocasional, llegaba el wing izquierdo y la clavaba en comba y con tres dedos en el palo derecho del pobre arquero.
Simple pero efectivo. El Pepe no hizo ningún gol en toda su carrera (y ojo que le hubiera gustado) porque ese no era su trabajo, pero sirvió 2.352 asistencias a los centrodelanteros que jugaron con él. El 84,78 % de esas asistencias terminaron en goles del único equipo donde jugó toda su carrera. Y la existencia de punteros derechos o izquierdos como el Pepe explica porqué los grandes goleadores de la historia del fútbol argentino son cosa del pasado. Hoy cualquier salame llega a los 100 goles –una nimiedad- y todo el mundo enloquece, le dan el premio del “Empeine de Oro” y pasa a ser tapa de las revistas deportivas. Después se engancha una modelo top, empieza con la vida licenciosa, se droga, escabia, juega a los video-juegos, deja de entrenarse, y pronto desaparece del mapa. Salvo los que juegan con el Burrito Ortega, que –según acabamos de enterarnos- reciben sabios consejos del jujeño sobre la vida sana, la importancia de llegar en horario a los entrenamientos y los peligros del alcohol.
Creo que ahora se puede ir entendiendo porqué digo que en fútbol todo tiempo pasado fue mejor. Se jugaba para ganar, se jugaba con la cancha abierta, se hacían muchos goles (antes una goleada era 5 a 0 y hoy alcanza con un 3 a 0), los players eran nobles y no andaban fingiendo faltas o con la mariconada de pedir amarilla para los rivales. Si te pegaban Montero Castillo o Simeone te levantabas, le dabas la mano y salías llorando por dentro con el fémur quebrado o con rotura de ligamentos cruzada. Con la noble excepción de Pinino Más, cuyos maravillosos despliegues aéreos cuando le pegaba el citado Simeone nunca me parecieron creíbles.
A medida que pasaban los años el mundo fue cambiando. Primero fue la Guerra Fría, después la carrera de los cohetes, la falsa llegada de los yanquis a la Luna, Bahía de los Cochinos, las primeras cadenas mundiales de hamburguesas, y el innegable debilitamiento del comunismo y otras ideas de izquierda en el mundo, todo lo cual eclosiona en la caída del Muro de Berlín. Y esto repercutió en el fútbol, porque si algo tiene el fútbol es que siempre es un reflejo de la sociedad. Por eso hay tanto barra brava, asesino y dirigente chorro en el ambiente. Por eso Julio Grondona es presidente vitalicio de la AFA.
El puntero izquierdo –solo por citar un caso- empezó a sentir que se quedaba ideológicamente sólo. Al final, él, el 10 y el marcador de punta izquierdo eran los únicos zurdos del equipo. Si no se juntaban y armaban algún tipo de bloque iban a ser acusados de comunistas y bolcheviques por el resto de sus compañeros. Por ello, y en forma inconsciente, el wing izquierdo se empezó a cerrar hacia el medio, creando la figura del wing mentiroso o falso wing, y, a la larga, se convirtió en un cuarto medio-campista y hasta en un doble cinco.
Otra estupidez del fútbol actual, para qué doble cinco si el centrojás es una función única e irrepetible. Gallego necesitaba un doble (aún suponiendo que se encontrara un doble tan feo y que hablara tan mal)?, Pastoriza necesitaba un doble?, Mascherano necesita un doble?
El wing derecho, en cambio, se sentía respaldado y fortificado por todos los diestros, derechistas y hasta fascistas de su equipo, y no sentía ninguna necesidad de acercarse al centro o a la izquierda. Es lo mismo que, fuera del fútbol, le pasa al benemérito George Bush (h). Entonces jugaba cada vez más abierto y cada vez más separado de lo que llamaremos la masa crítica de su equipo. Como el marcador de punta izquierdo del equipo rival (zurdo) lo despreciaba, tendía también a dejarlo solo.
El Pepe pasaba largos minutos del partido sin tener con quien hablar o siquiera cruzarse algún insulto. No se le ocurría matizar la espera hablando con el línea, porque en esos tiempos había respeto y los jugadores no hablaban con los árbitros. Cada tanto llegaba el famoso pelotazo cruzado, corría hasta la línea de fondo, metía el centro, veía como el 9 metía el gol y lo festejaba. Pero lo festejaba solito, porque para sus compañeros ir a festejar tan lejos era un desgaste físico innecesario y hasta contraproducente.
De tanto estar solo el Pepe comenzó a pensar en cosas raras e innecesarias, tales como el sentido de la vida, el destino de la humanidad, si le convenía cambiar el celular o las ventajas del turbo en un motor diesel. Y finalmente el Pepe, que a esa altura mantenía animadas conversaciones con el banderín el corner, se volvió loco. No loco, total, absoluta y completamente loco.
Tardaron un poco en darse cuenta, pero desconfiaron cuando en una ocasión entró al campo de juego con sus compañeros y se ubicó como primer marcador central. El recio ocupante de ese puesto lo sacó a patadas hasta que el Pepe corrió a empujar al arquero para quedarse bajo el parante del arco. Golpeado por el guardametas, que era hombre de pocas palabras, se ubicó como wing derecho. Pero pasó todo el partido retrasándose y yendo hacia el centro de la cancha, sin cumplir con su función básica de asistidor del nueve, que a esa altura no entendía nada.
El partido siguiente fue a su lugar pero estuvo muy distraído, al punto que tres de los pelotazos que le tiró el 10 no fueron percibidos por el Pepe. Sus compañeros y la hinchada no podían creerlo. En el segundo tiempo recibió otra habilitación maravillosa, corrió hasta el fondo de la cancha, levantó la cabeza –mientras los hinchas se levantaban para festejar el seguro gol- y metió un violento pelotazo que pasó limpito por encima de la tribuna local y se perdió para siempre. Aclaremos que esto no es una nueva exageración del autor, sin que el partido se jugaba en la cancha de Argentinos Juniors.
Cuando llegó la tercera presentación del Pepe en lo que llamaremos éste nuevo ciclo, ya era evidente que el hombre no estaba en sus cabales. Parado en el lugar del wing derecho no corrió ni uno sólo de los pelotazos que le tiraron. Estaba parado, hablando sólo, haciendo gestos como si lo hubiera atacado un enjambre de abejas, y profiriendo horrorosos y guturales gritos.
El arbitro se preocupó tanto que paró el partido y se dirigió a conversar con el wing, quien, al verlo llegar lo abrazó y le dijo: perdoname papá, perdoname, yo se que vos querías que fuera concertista de piano pero no pude viejo, no pude… Dicho lo cual se abrazó al árbitro y se largó a llorar de una manera conmovedora.
Lo sacaron en camilla (no se había inventado el carrito) con chaleco de fuerza entre dos robustos enfermeros, mientras un defensor pasaba a ocupar su puesto ya que en aquellos buenos tiempos el único cambio que estaba permitido era el de arquero. Y solamente por lesión, enfermedad o muerte.
Al Pepe lo llevaron al Borda para intentar recuperarlo. El problema es que al segundo día se sintió mejor y quiso volver a trabajar de wing derecho. Corría de una pared a otra de la pequeña habitación que le habían asignado, y se daba unos golpes terribles. Quedó tan dañado que tuvieron que llevarlo un par de días a la enfermería. El director del Borda pensó en darle un lugar en el patio para que despuntara el vicio sin riesgos para su humanidad, pero descartó la idea porque en el patio estaban todos los locos y no podían preverse sus reacciones ante un tipo que corría constantemente de una punta a la otra, sin objetivo, sin meta y sin sentido.
Los directivos de Ciencia, Sudor y Desodorante, el equipo del Pepe, estaban tan consternados que decidieron –a la usanza de Don Enzo Ferrari cuando moría un piloto en carrera- retirar el equipo del torneo. Sus compañeros, que a causa de esa decisión no tenían nada que hacer, salvo salir con vedettes, escabiar y jugar al dinenti, visitaban todos los días al Pepe para tratar de colaborar con su recuperación. Pero el tipo ni siquiera los reconocía, ni siquiera al 10 que tantos pelotazos le había tirado a lo largo de su carrera y ahora se ganaba temporariamente la vida dando exhibiciones de destreza futbolística en bares, drugstores y estaciones de servicio.
Finalmente, conscientes de que el Pepe no iba a mejorar, los directivos alquilaron una chacra de generosas dimensiones y lo llevaron a vivir ahí con su familia. Dentro de la chacra delimitaron con un alambrado lo que sería la cuarta parte de una cancha de fútbol: específicamente la mitad derecha y desde el medio hacia delante, porque ese era el territorio que el Pepe conocía y transitaba. Los médicos habían dicho que si le daban una cancha completa posiblemente se perdiera mentalmente mucho más de lo que ya estaba.
Durante 16 horas –de 7 a 23 horas- diarias el Pepe corría incansablemente en busca de los pelotazos que le tiraba el 10, quien no podía menos que ser solidario con su compañero orate. Claro que esto fue durante una semana, porque al cabo de la misma el 10 tenía las piernas totalmente acalambradas y agarrotadas de tirar pelotazos durante las susodichas 16 horas, y ojo, que no había sábados, domingos ni feriados porque el Pepe necesitaba asistencia constante. Su vida pendía de un hilo, y si el hilo se cortaba o el pelotazo no llegaba en tiempo y forma, todo estaba perdido.
Compraron entonces un cañón lanza-pelotas de 450 Mm. que, convenientemente calibrado y regulado, reemplazaba al 10 hasta con ventajas. Cañón que fue precursor de los que después se utilizaron en el tenis cuando el profesor está podrido de tirarle buenas pelotas a esos infelices que por primera vez agarran una raqueta y se creen Willy Vilas.
Si alguno de los lectores tomaba la ruta a Chivilcoy hasta hace un par de años, se desviaba exactamente 15,4 kilómetros hacia la derecha por la ruta provincial 966 y miraba nuevamente a su derecha, podía verlo al Pepe en su constante rutina de todos los días. Estaba más viejo, no tenía la velocidad de antes, pero seguía corriendo los pelotazos que le tiraba el nuevo cañón (el anterior duró solamente cinco años) con el mismo entusiasmo y la misma pasión de sus años mozos.
Sus ex compañeros, los directivos y los hinchas nunca lo abandonaron, mostrando claramente la nobleza que supo tener éste deporte. Tampoco su familia, aunque su padre decidió hace ya bastante tiempo vender el piano de concierto que tan trabajosamente había adquirido para su hijo. El Pepe siguió irremediablemente demente y corriendo pelotazos hasta que el bobo dijo basta de laburar. No pudo soportar el tremendo esfuerzo al que era sometido, equivalente al de un corredor de 100 metros llanos pero multiplicado por 16 horas diarias y 364 días al año. El Día del Futbolista Pepe descansaba.
Llenos de pesar por la irreparable pérdida de quien fuera en vida un verdadero faro brillante y luminoso en la historia de la Institución, y como último homenaje, la comisión directiva de Ciencia, Sudor y Desodorante decidió embalsamar el cuerpo del Pepe para colocarlo sobre un gigantesco pedestal en la entrada del estadio del club de sus amores.
Lo hacían porque lo extrañaban, porque su vida tenía que ser un ejemplo para las futuras generaciones de deportistas, y para aleccionar al 9, quien ya no hacía más goles. Trataban de darle un mensaje no hablado sobre como iba a terminar si no empezaba a embocarla de nuevo.
Después de embalsamarlo –quedó precioso, realmente un gran trabajo del Dr. Federico Fronkestein- lo vistieron con la gloriosa camiseta fucsia y amarilla de las mil rayitas, el pantaloncito amarillo, las medias fucsia y sus gastados botines Fulvence.
Finalmente le dieron una mano de barniz marino para que la lluvia o el mal tiempo no deterioraran su imagen. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Francisco Waldemar Pulpamendi brillaba más muerto de lo que había brillado en vida como wing derecho.
Colocaron el cuerpo convenientemente endurecido sobre el pedestal y procedieron a colgarle del cuello una chapa de bronce, donada por el negocio de trofeos deportivos del barrio, que rezaba textualmente: éste es Francisco Waldemar Pulpamendi, el Pepe, el mejor wing derecho de toda la historia del fútbol mundial. Porque con tanto homenaje no era cuestión de andar quedándose cortos.
Como ya no quedaba lugar en la chapa de bronce, manguearon otra del mismo tamaño, donde decía: F.W.P. (Pepe) realizó a lo largo de su carrera 2.352 asistencias perfectas, de las cuales 1.994,02 fueron goles. Con los años se modificó ese último número porque nadie podía explicar que carajo era 0,02 % de un gol.
Todo aquel que siente legítimo amor futbolero por Ciencia, Sudor y Desodorante lo recuerda con emoción y casi a diario. Salvo algún pibe de la novena división de C.S.y D. que –conmovido por las constantes y periódicas lágrimas de su padre ante la momia- le pregunta papá, qué corno es un wing derecho ?
Nota del autor: ya que hemos escrito sobre un puntero derecho, vaya un sentido homenaje a Raúl Bernao, aquél maravilloso wing que brillara en el Rey de Copas junto a Mario Rodríguez, Yazalde, Artime, Tarabini y otras glorias. Raúl nos dejó el 26 de diciembre y siempre vamos a recordar su increíble destreza con la pelota.









