Corrían los primeros días del mes de julio del año 2010. Como resultado del calentamiento global que tanto favorecen las políticas industriales de los países desarrollados la sensación térmica a la sombra era de 48º. Ningún meteorólogo se animaba a calcularla al sol, máxime que llegaban noticias de las primeras muertes por deshidratación súbita en Salta, Jujuy, Santiago del Estero y Ushuaia.
Los fabricantes de sobretodos y tapados, que habían resistido estoicamente hasta el año anterior, organizaban tours a Irak para morir de una vez por todas y terminar con sus sufrimientos.
Hablando de Irak, la presidenta de los EEUU prometía que en el año 2012 se iba a retirar el 20 % de las tropas norteamericanas que continuaban operando en dicho país. Los analistas internacionales eran optimistas respecto a dicha promesa, ya que se calculaba en los foros de la industria de la energía que para el 2012 no existiría más petróleo en Irak… ni tampoco existiría Irak.
Pero les recuerdo que nosotros estamos en la ahora tórrida Buenos Aires, la mayor parte de la población al amparo del aire acondicionado o sumergida en las piletas, fuentes y bañaderas privadas o públicas, o bien despachando impresionantes cantidades de birra en confiterías, bares y tugurios similares.
Todos pendientes, eso si, de la participación de Los Pumas en el Torneo de las Cuatro Naciones (antes de las Tres Naciones), donde competía con equipos de la talla de Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica, éste último con la flamante novedad de aceptar jugadores negros en su equipo con la única condición de que estuvieran pintados de blanco y se raparan las motas. Al más puro estilo de los lúbolos del carnaval uruguayo…
Si algún lector inadvertido ignorara de que se trata un “lúbolo”, diremos que es un blanco de cara pintada, o blanco pintado de negro. Existen antecedentes de que las primeras comparsas uruguayas eran de blancos que, entendiendo que debían aportar a los carnavales otra dinámica, copiaron a los negros de entonces sus pasos, ritmo y coreografía, logrando hacerlo casi a la perfección. Pero les faltaba el color y por eso se pintaban. A los pobres negros se les permitía ver, siempre encadenados, como desfilaban dichos lúbolos.
Es que desde que no existía más el fútbol en Argentina, el rugby se había convertido en la nueva pasión de multitudes. El profundo expertise del argentino medio en los misterios de la redonda se había trasladado a los de la ovalada, y cualquier pelafustán discutía con el mismísimo Hugo Porta si determinada jugada había sido o no kick-off. Ni hablemos de los tries y los pass-forward, que ahora se medían con el telebeam los domingos a la noche, en el programa Rugby de Primera.
Para llegar a esa situación de gloria nuestros 30 aguerridos Pumas (que en realidad no son Pumas sino Yaguaretés, de acuerdo al emblema que los caracteriza) debieron unirse para vencer a sus adversarios ocasionales y, fundamentalmente, para vencer a los arcaicos y vetustos dirigentes de ese deporte, que llegaron a ser sus adversarios permanentes.
Viene al caso la anécdota de aquel gringo que confundió el yaguareté de la camiseta del seleccionado argentino con un puma. Y nos hizo un gran favor, un señalado favor, porque tiemblo solamente de imaginar un cántico de aliento al Seleccionado como el que sigue: yo te daré, te daré niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con “i griega”: ya-gua-re-té. Prueben de cantarlo –por favor solos y bajo la ducha- y verán que es una verdadera porquería…
Después de la inolvidable actuación Puma en el Mundial de Francia del 2007, y durante todo el año 2008, los arcaicos dirigentes seguían discutiendo interminablemente si convenía el profesionalismo o seguíamos siendo amateurs, si eso beneficiaba a los clubes y al sacrosanto espíritu del rugby, si se podía armar un sistema mixto, si era correcto un amateurismo marrón, artero y solapado, o si no convendría jugar con una pelota redonda para facilitar los pases.
Otra propuesta analizada era una fusión entre el rugby y el pato: se mantenía la pelota ovalada pero se le agregaban manijas, para facilitar los pases y lograr la conversión de más tries. Los pateadores como Hernández, Felipe o el Ninja se oponían tenazmente, porque era imposible convertir un try o meter un penal entre los palos sin destruirse los pies. A su vez, los caballos del pato también se oponían porque temían ser tackleados.
Pero para los dirigentes la mezcla entre rugby y pato (uno de los pocos deportes no inventados en Inglaterra… sino por los estancieros ingleses que tenían campos en Argentina), permitía mantener incólume el ser nacional, la patria, la tradición, la familia y la propiedad.
Nuestros bravos Pumas –que estaban acostumbrados a seguir para delante de acuerdo a sus íntimos convencimientos, y porque en rugby nunca resultó práctico ir para atrás- se vieron obligados a decidir (en una inolvidable reunión secreta organizada subrepticiamente y al amparo de las sombras por Agustín Pichot e Ignacio Corletto en el Beromama Rugby Club) la eliminación lisa y llana de dichos dirigentes, ya que su mera supervivencia haría imposible el afianzamiento y el desarrollo del rugby argentino tal como todos y cada uno de los Pumas lo soñaba.
Para llevar adelante el plan contrataron al tristemente célebre Carmine Schultz, que se ocupaba desde hace algún tiempo de estos menesteres, no tanto porque le gustara sino más que nada por necesidades económicas, desde que dejó de percibir los ingresos que generaba su cargo de Presidente de la Asociación del Fútbol Argentino. Carmine Schultz es un nombre ficticio, elegido para no enlodar la reputación de un verdadero y cruel asesino serial.
La eliminación de los dirigentes fue a la manera tradicional, que tanto hemos admirado en las películas de Francis Ford Coppola sobre el Clan Corleone: una gran mesa circular, bien servida y bien regada, unas palabras de elogio del anfitrión para cada uno de los dirigentes de la UAR (Unión Argentina de los Regresivos) y un posterior balazo en la nuca. Nada especial para contar sobre ese triste momento, salvo que Omar Hasan cantó a posteriori de las ejecuciones algunas arias francamente conmovedoras, que hicieron lagrimear a los presentes (vivos).
En el velatorio de los dirigentes se recordaba la última propuesta de Santiago de las Carreras al Ingoal, presidente de la Unión Argentina de ese deporte. El hombre estaba francamente indignado porque los dinosaurios remanentes del fútbol –deporte que, recordemos, había desaparecido- seguían cantando maradoo… maradoo…!!! Cada vez que Hernández tiraba un drop de derecha, de izquierda o de cabeza. Su idea era cambiar drásticamente la numeración del equipo, para evitar esos ridículos resabios de sensiblería futbolera.
El medio scrum, actual número 9, pasaba a ser el 8. El apertura, que hoy luce el 10, pasaba a ser el 9. Y el octavo, donde toda la lógica milenaria de Occidente indica que tiene que ser el número 8, pasaba a ser el 10.
Como un octavo en general no patea, inclusive sería incomodísimo que lo hiciera desde su posición, atrás de 7 compañeros y 8 adversarios, no había riesgo de que se gritara lo de Maradona. Y en el supuesto caso de que un ex octavo (hoy décimo) llegara a patear y a convertir un drop, a lo sumo se escucharía un Simeone…Simeone…!!!
Pero el octavo de Los Pumas se negó de cuajo a utilizar el número 10 porque era el responsable de integrar y manejar un pack de ocho aguerridos forwards, y no tenía porque carajo ponerse el 10.
Santiago de las Carreras al Ingoal se vio inicialmente perdido y en una situación ridícula, porque la argumentación del último de los forwards tenía toda la lógica. Pero después (argentino y futbolero al fin, aunque ello lo avergonzara profundamente) recordó que Castroman –que no obtenía la camiseta 8 porque ya la utilizaba un compañero optó por la 26 (porque, parece obvio aclararlo, 2 más 6 es igual a 8).
Bajo esa sencilla óptica Santiago formuló una nueva propuesta ante sus pares: el medio scrum pasaba a ser el 45, el apertura pasaba a ser el 55, y el octavo pasaba a ser el 35. Gracias a Dios esto no llegó a instrumentarse nunca porque hubiera sido un verdadero despelote para los espectadores, los comentaristas y los técnicos.
Máxime porque el Puma 14 quería que le entregaran la camiseta 86, en un cálido homenaje al héroe de su infancia: el Super Agente de número homónimo. Y el primer pilar suplente, hoy número 18, clamaba por ser “la 99”, antes de ser golpeado por sus compañeros, que estaban francamente harto de sus mariconadas.
La muerte súbita del susodicho Santiago de las Carreras al Ingoal, que ya hemos narrado con lujo de detalles, terminó con todos los delirios anteriormente detallados.
Desaparecido el fútbol, otros deportes habían hecho grandes esfuerzos para terciar en el favor popular y llegar a ser pasión de multitudes. Aunque eran sumamente reconocidos y tenían muchos seguidores, no habían alcanzado el puesto más alto del sitial. Es el caso del boxeo, del automovilismo, del básquet, del tenis, del hockey, del metegol, del ludo, del sapo y del senku. Ninguno conmovía visceralmente y hasta el tuétano a las grandes masas populares.
El rey era el rugby. Y una vez instalado en esa posición, quién se atrevía a discutírsela a esos 30 muchachotes ? Si esperaban que un piloto de TC, un tenista o una leona fueran a hacerlo están muy equivocados. Ni siquiera se animó el Roña Castro, que es muy guapo pero no acostumbra comer vidrio.
La otra ventaja del rugby es que Los Pumas están hoy ubicados entre los cuatro mejores equipos del mundo. Esto era una condición sine-qua-non para gozar del fervor popular, habida cuenta del desagradable triunfalismo que caracteriza al argentino medio.
Si bien ello no era una ventaja sustancial respecto del fútbol, donde también supimos ser uno de los cuatro mejores equipos del mundo, era importante porque eliminaba la odiosa y constante competencia con los desagradables torcedores de Brasil para determinar quien era el mejor de los dos.
Porque es sabido que el gran país hermano –o primo o lo que sea- no existe el rugby, y vanos fueron los intentos por imponerlo: los garotinhos de Copacabana intentaron durante meses hacer jueguito con tapitas de gaseosa previamente ovaladas por la mano del hombre, pero era muy difícil y se aburrieron rápidamente.
Volvieron a las tapitas redondas, siguieron generando un semillero de jugadores fabuloso, y hoy son –sin lugar a dudas- el mejor equipo de fútbol del mundo. Exactamente igual a lo que eran en el año 2007.
Nosotros, en cambio, ahora nos ufanamos y festejamos cuando logramos patear la pelota por encima del travesaño, cuando en nuestro años mozos nos hubieran calificado por ello de vulgares pataduras.
Todo esto ocurrió porque el fútbol dejó de existir en la Argentina, hecho que supongo que no es una novedad porque ya lo dijimos varias veces en éste cuento.
¿Que por qué dejó de existir el fútbol en Argentina? Bueno, eso será motivo de un nuevo relato que, cuando logremos darle un mínimo de forma y contenido, gustosamente compartiremos con nuestros lectores.
Jorge Bertezzolo. Empresario argentino y escritor por pasión









