La síntesis informativa de cada jornada parece ser “sobrevivimos al caos, aún víctimas de las dificultades, logramos supervivir al estrés”. No vamos a ser pesimistas en las conclusiones, pero tampoco incentivaremos una síntesis diaria plagada de colores, más irreal y utópica que posible. Lo cierto es que a veces nos encontramos corriendo en las inmediaciones de un laberinto urbano, cuyas pocas salidas no pueden hallarse sino a partir del reconocimiento de que para cada uno hay una puerta diferente, que es necesario encontrar en las profundidades de la individualidad, que a veces nos sentimos encerrados sólo por haberlo estado mucho tiempo porque el enganche de la cadena circular está desprendida y nada nos apresa el cuello ya. Sí es verdad que más allá de toda voluntad por hurgar en el interior para buscar soluciones, el ambiente, el contexto, los avatares de una ciudad enferma de violencia y aceleración, conforman un contexto obstaculizador que dificulta todo intento de pasar del estadio de la sobrevivencia al de la vida. Pero la ciudad y, con ella, la sociedad no tienen voluntad de cambio por sí mismas, y es el cuerpo y espíritu humanos los que pueden iniciar el paulatino proceso hacia la recuperación de ese todo, comenzando por su parte. Cuando somos adultos y decidimos crecer en una etapa de responsabilidades, nos enarbolamos de preocupaciones porque todo esfuerzo y, aún, toda sobreexigencia, no nos conduce hacia otro lado que al sendero laberíntico de la saturación. En esta época solemos estar más cansados que en enero; sin embargo, el comienzo del “no puedo más” está en cada día precedente a este mes del calendario, en cómo repartimos las energías para canalizarlas; por un lado, en el cumplimiento de nuestras labores; por el otro, en reservarnos una cantidad suficiente para indagarnos acerca de los deseos de los lunes, de los martes, de los miércoles… De todos los días. Porque esperar hasta nuestro cumpleaños o hasta el año nuevo para pedirlos nos lleva a eso: a encontrarnos en una situación de pedido –casi de auxilio- para que se cumplan, lo cual abonaría la idea de que existe realmente la magia y el milagro si no hemos sembrado la esperanza durante todos los días del año. En esta etapa de balances, de síntesis de progresos y de fracasos, la información a la que deberíamos acceder es la que nos dicta la emoción de estar vivos y con ello el privilegio de tener la posibilidad de hacer algo con eso. Con la vida. Romper nueces y almendras, sacarnos la cáscara defensiva del “desgaste” para reconocer que el corazón no sufre ese deterioro y es con él, a partir de él y de lo que nos dicta, que podemos hallar la salida del laberinto de la cotidianeidad. No seamos facilistas, la vida es difícil, pero es un viceversa, porque vivir es también afrontar la dificultad y seguir adelante. Saber que muy a pesar del estado actual de nuestro paso, y del pavimento que nos hace de escenografía, es eso: un estado, una circunstancia tan mutable como nosotros mismos en el andar. Que somos alguien nuevo cada amanecer. Alguien distinto cada vez que apagamos el velador. Las paredes del laberinto pueden ser de arbustos, el techo puede ser el cielo y el camino, aunque nos encontremos girando recurrentemente en el mismo lugar, una manera de desordenarlo todo pare reiniciar el proceso hacia la búsqueda de un equilibrio. Para que la síntesis no sea al finalizar el año sino cada anochecer a través de un pacto con nuestra propia estrella. Informarnos acerca de lo que nos pasa adentro, sin endilgar el encadenamiento al afuera es el primer paso para vencer el miedo a la libertad. Porque todos los días, una vida; porque todos los días, una síntesis, tal vez negativa, que encontrará una antítesis en el optimismo del día siguiente si supimos exprimirle el jugo al mal momento y hemos descubierto el ingrediente que utilizado en exceso ha entorpecido el día anterior. Que no se aprende sino viviendo, que no se vive sino preguntándose, aún sin encontrar respuesta inmediata. Que la distracción, la fuerza y la convicción de poder lograrlo nos conduzcan a esa puerta impalpable que puede existir en cada sendero del aparente laberinto de la cotidianeidad.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios. [email protected]
autora del libro Abrazo Mariposa http://giyumariposa.spaces.live.com/blog/








