Para restaurar el régimen de la cordura, el predominio de la razón, hacen falta las herramientas manos clandestinas que enterraron bajo el árbol de la sangre. Por las aceras de nuestro siglo caminan pies que han olvidado el tibio contacto del lodo tan a salvo de la hierba y las espinas que me resulta imposible encontrar mis propias huellas en el suelo. Como tantos me pierdo y me distraigo por calles infinitas, espesas de humo y cegadores destellos. Huellas, Héctor Pimentel
Recuerdo que le tenía miedo, que una vez que llegaba a las escalinatas de la plaza “Richeri” en Villa Devoto, yo intuía que entraba a un universo donde la naturaleza y la plaza eran mías, pero dónde, asimismo, el aire cambiaba, porque su curso estaba singularmente reglado por una autoridad. Un hombre que tenía una guarida lindera al sube y baja y donde, decían, allí descansaba cuando los niños estábamos durmiendo.
Entonces de la mano de mi viejo joven, ingresaba al juego lúdico entre mi libertad y la condición para ejercerla. Porque, por entonces, ese entonces que extraño tanto y que quisiera para mis hijos, el tablero sobre el que se asentaban las plazas tenía instrucciones de juego. No atinaba, si quiera, a tirar al suelo el envoltorio del turrón o del chocolate con sorpresa, porque el guardián de la plaza podía asomarse, en cualquier momento, desde la ventana horizontal y subterránea de su guarida.
Yo cuidaba mi plaza sin cercos, sin vallas, sin rejas. Era libre y comenzaba a adquirir desde mi temprana infancia, un respeto por un poder que solo parecía simbólico y que era ejercido para proteger mi presente y mi futuro. Así, sutilmente, mi psiquis en formación era ajena a la violencia, a la destrucción y a la indiferencia del prójimo. Porque esperaba mi turno para subir a la hamaca, y no me impulsaba a más altura de la que podía: el emprendedor de ayer, dependiente de un estado emprendedor que debió existir siempre, entendió que los condicionamientos a la libertad no debían ser advertidos por los niños.
Y me llenaba de orgullo, de la mano de mi viejo, porque para entrar a la plaza no debía abrir puertas, porque la plaza no estaba enrejada y el guardián la cuidaba para que siga visitándola en libertad.
Ahora, reapareció “el hombre de la bolsa” y allí guardó todas esas costumbres argentinas impregnadas de valores y respeto. Y está cercando con rejas las plazas de Buenos Aires para “abrir la puerta para ir a jugar” en un espacio verde cerrado, en una cárcel de libertades esfumadas, donde la naturaleza se hace parte de la cultura de nuestro siglo.
* Gisela Vanesa Mancuso. Abogada , escritora y redactora. [email protected]









