“Desde el escritorio veo una franja azul del cielo, y una nube poco menos que pasajera. Él está en el auto… Recién me llamó. Dice que está nublado, que se avecinan tiempos muy duros, que a la intemperie hay olor a agua fresca, que le dan ganas de beberse el aire para saciar su sed. Desde el escritorio veo una franja del cielo azul. Estoy a la altura de un décimo tercer piso, frente a una franja de cielo, un trozo de techo y un balcón. Él está llegando, está pinchado, yo lo sé. No, no es que las gomas del auto dieron con una chinche, ni con una mina –ni con una mujer-, ni con un clavo. Se le pinchó un globo de cumpleaños. Y le quedó toda una superficie de aire con la que tiene que convivir, como si le pusieran forzadamente un cigarrillo de pasado en la boca, y lo obligaran a aspirar. Frustración. Y yo desde el escritorio, quiero entender su desarraigo, abanicar lo que aún invisible lo toca, lo golpea, y lo rasguña, y se pincha. Y es el tiempo. Con el tiempo. Y ese pedazo de cielo azul que yo veo, y él no. Ahora. Estoy en mi escritorio, tengo a la vista el reloj, que hace que pasa, que hace que pase, pero mientras tanto se queda reloj (…) Y sí, todos tenemos historia. (…) Todo es ahora, y no es que sea impaciente. De todo lo que tengo, y aún de todo lo que es tan gris que no lo veo, ese pedazo de cielo es mi lugar en el mundo. Ni si quiera esta silla (…) donde todo sucede detrás de la ventana. En el precipicio. El cielo es azul detrás de la nube negra…”
Por un pedazo de cielo, Gisela Mancuso
El médico le había dicho “Que reacciones con stress en una ciudad enferma es sano. El hombre se defiende frente a la aceleración y violencia de los andares cotidianos…”
Entonces el salió del consultorio sintiéndose harto comprendido. Hasta el hartazgo estresado, y sin embargo…
También existe la remisión espontánea en respuesta a un acontecimiento externo involuntario que ilumina hasta a las sombras, que rellena hasta los pozos más o menos profundos en los que solemos caer de vez en cuando. Y te levantan…
Caminó. Se detuvo en una esquina. Le preguntó a una señora para qué lado tenía que caminar hasta dar con la boca de subte más cercana. La señora estaba estacionada en una baldosa, frente a él –o eso parecía-, pero sumida en un perfecto mutismo, de ese tipo que los hombres desean que se contagien todas las mujeres. Al menos en algunas ocasiones. Como no es esta, les sigo contando que la señora estaba inmóvil, y no daba respuesta a la sencilla pregunta acerca de la boca… Más bien ella misma era la boca. Absorta. Sorprendida. Colgada la mirada del cielo.
Volvió en sí. Y entonces dijo: “Disculpame, querido, es que salió el arco iris y hacía mucho que no lo veía”.
Y él giró –porque estaba dándole la espalda a todos esos colores- y se quedó él también colgado del cielo, buscando el sol, dejándose rozar por las tibias gotas de la lluvia. Se olvidó de su estado cansado y malhumorado. Y se dejó llevar por el paisaje, por el recorrido de esa media circunferencia que se iniciaba en una nube y desembocaba detrás de un edificio sobre la Avenida Cabildo.
Ella prosiguió: “José Hernandez es la estación más cercana”
Y el le agradeció “por demorar al contestarme y por enseñarme el arco iris”. Siguió su camino con una media sonrisa. Como si se le hubiera dibujado en el rostro un arco iris instantáneo que comenzaba en su pómulo derecho y desembocaba en el pocito que suele formársele en el pómulo izquierdo cuando se sonríe con todas las ganas.
¿Existen los magos? ¿Existe la magia? ¿Quién dijo que sabemos lo que hay dentro de nuestra galera? No lo sabemos. No. No. No.
Un día puede haber una paloma blanca, otro día un conejo, otro día una sorpresa. Un instante. Un arco iris. Una franja de cielo gris, casi negro, a la que se le superpone una media circunferencia de siete colores.
El emprendedor sabe que detrás de toda nube negra hay una pedazo de cielo azul.
El emprendedor sabe que es artífice de su camino, protagonista de escenas difíciles, pero también la vara adecuada para su sombrero de objetivos. El mago de su magia. Y sí, una noche sale una idea, una mañana un proyecto, y una tarde una empresa.
Y la nube negra sigue su viaje para mostrarse en otro lado.
Para indicar en otro lado que el ropaje visible de una cosa no es el todo de la cosa.
Para alertar meteorológicamente –ya en otro lado- que detrás de esa nube pasajera siempre hay un pedazo de cielo azul.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios. [email protected]








