“Después de la tormenta siempre llega la calma”.
Alejandro Sanz, Corazón partido.
El último tiempo lo escuché silbar; creo que era un bolero de esos muchísimos más viejos que él, de esos tan nostálgicos que uno puede cantar silbando solamente cuando puede hacerlo con una sonrisa –es perfectamente posible sonreír y silbar simultáneamente. Lo descubrí en sus labios, el último tiempo.
El último tiempo lo escuché decir “barbaridades” con tanta naturalidad como cuando se expresa formalmente; lo escuché contar chistes; algunos muy malos, pero que sonaban tan divertidos con esa actitud que no le conocía.
Hace unas semanas lo percibí enérgico, casi con hormigas en todo el cuerpo y en donde –si me permiten- saben que están cuando uno tiene ganas de hacer muchas muchas cosas. Yo creía que se había tomado una palangana de suplementos vitamínicos, pero no.
Los que lo conocen dicen que es así de piola cuando es él.
Que renació en sí mismo, desde adentro, y que está recuperando su manera de ser y de estar. ¡Y qué lindo es ver a la gente así! ¡Qué lindo es saber que uno transcurre etapas y que si estás en una de esas jodidas basta con encontrar a un hombre así, recuperando su empeño emprendedor con las armas más simples con las que contamos innatamente, sean cual fueren nuestros condicionamientos: la voz, la sonrisa, los deseos de crecer y de sentirse mejor. ¡Aunque tanto cueste! ¡Aún disparándolas con el miedo antecedente, con el dolor repartiéndose en el cuerpo para algún día disolverse! Y ganará. Y gana. En el sentido que todos conocemos como el más genuino.
Ahora silba, cuenta chistes, canta, baila, y digita sin parar sobre el teclado de su computadora, emprendiendo el cambio: la inauguración de un local que ya existía, pero que también estaba dormido. Y ahora nace con él. Va a renacer como si alguien vivo, viviente y más vivo que nunca le hubiera dado la oportunidad de tener una nueva vida.
El emprendedor muere muchas veces, muchos días, y se lo perdona. Luego, el honor a la vida, lo hace ser mejor de lo que era, como ser vivo, como persona, como trabajador, como empresario. Como diseñador gráfico y sensorial de una nueva etapa. De una nueva vida dentro de ésta misma.
Porque el emprendedor viaja, se la juega en esos momentos en los que parece que somos marionetas de un mal momento. Y le pone garra con las energías mínimas, que se reproducen agradecidas de que alguien haga brillar el sol tan cerca del suelo. Al lado nuestro. Contando chistes. Silbándolo a Gardel. Renaciendo. Y haciendo renacer a todo aquello a lo que le suspendieron su fotosíntesis.
El emprendedor se alimenta de su aptitud para salir adelante. Que a veces no sabe que la tiene. Pero que la encuentra no bien la necesita.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios. [email protected]








