Un nombre es lo más valioso que uno puede tener.
La vida es una moneda, quien la rebusca la tiene y ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes…(Juan Carlos Baglietto, La vida es una moneda)
Se llama “ochenta” y así, con minúscula; aunque en el Registro Civil de su barrio tiene un nombre propio: el que eligieron sus padres cuando él nació.
Amanece, atardece, anochece con uno, con cientos de “ochentas”. Tal vez acostumbrado a que así también le digan “buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”.
Para llamarlo se utiliza un número cuya cifra depende del decreto de turno; cuando tan difícil resulta legalmente que nos modifiquen el nombre.
A cambio de nombrarlo, un boleto emitido por la máquina expendedora que escribe su nombre, aunque sin mencionarlo como unidad: 0,80 ¡Le faltan 0,20 centavos para llegar al peso!
Cuando él viene, cuando él se acerca, nosotros ya tenemos las monedas preparadas en la mano y decimos “ahí viene el ochenta, el ciento cuarenta y seis, el ciento treinta y dos…”; pero el que viene es él, frente al volante del colectivo, al que llamamos “ochenta”, sí, y no le decimos “buenos días” al ascender, o le decimos y se queda callado, claro, porque también el ser humano se acostumbra a la violencia indirecta, y el colectivero ya está convencido de que se llama “ochenta”.
Fue Marcelo (con quien hicimos esta humilde nota), mi cómplice en la búsqueda de este granito de justicia social; quien, mientras viajábamos, me señaló este gran detalle, esta gran humillación que proferimos y la que tan acostumbrados estamos de pronunciar al punto que en aquella oportunidad le dijimos al unísono “buen día” al supuesto “ochenta” y el chofer se quedó mirándonos como esperando que lo pronunciemos con el nombre con el que lo bautizó esta sociedad civilizada, que hace equivalencias entre una persona y ocho monedas de diez centavos.
Es tal vez el sentido arraigado de la ambición y el materialismo los que nos hacen creer que las personas se califican con dinero o que el nombre de una persona es igual al nombre de un lugar, el destino que el pasajero divulga al chofer reemplazando toda instancia previa de respeto.
Proponemos que a este emprendedor de siempre que “ahí viene”, que “ahí se fue” lo llamemos, sino por su nombre –que bien podría estar acreditado en su camiseta celeste- por su condición de ser humano trabajador que quién sabe si es responsable de este conflicto de identidad que hemos creado en torno a su nombre. Porque tantas veces nos quejamos de que el chofer maneja el colectivo en forma agresiva, que es descortés al dirigirse a nosotros o que es violento en situaciones de tránsito habituales. Pero también él es uno de los actores sociales que más sufre la indiferencia monótona – toda su jornada laboral compartiendo su espacio con decenas de personas con las cuales la mayoría de las veces no comparte ni siquiera uno de los géneros sociales insoslayables: el saludo; omisión que seguramente provoca en él inconscientemente una predisposición negativa para el desarrollo de su labor. ¿Qué sucedería si, en cambio, lo saludáramos al subir o -porqué no- si le diéramos la mano o un beso? ¿Qué, si cuando nos toca bocina, en vez de insultarlo nos bajamos del auto y lo abrazamos subiendo al bus para disculparnos y recibir esa disculpa que seguro también vendrá? Quizás lo haríamos parte de nuestra vida de una manera más genuina, si consideramos que él comparte todos nuestros viajes y ya es compañero de nuestros tiempos muertos. Tal vez el chofer del colectivo esté más contento y todos nos identifiquemos como iguales, quebrando la barrera del extraño, de lo ajeno, de lo indiferente y por fin unirnos como seres sociales que somos.
¿Qué lo hace menos importante en su función social, como actuante de este sistema? El chofer emprende todos sus días rutinas invariables, despojado de la interacción, del derecho al saludo. Nótese que ha hecho corriente el acto de abrir la ventanilla que lo linda para saludar a su colega cuando está detenido en el semáforo, señal de su necesidad humana de comunicarse, de que lo nombren, de interaccionar durante el ejercicio de su trabajo, con los recaudos y la concentración, claro, que regula su actividad.
Llegamos a la regla de conducta reiterada más decadente, que ya es automática: decirle “ochenta” al colectivero o, lo que es peor, serle indiferente al subir y comunicarse en forma directa y sin intervalos con una máquina expendedora de boletos.








