“Pero un viejo sabio me aconsejo no desesperar
Mira que en la vida Diego, gana el que sabe esperar
Pero un viejo sabio me aconsejo no desesperar
Gana el que pone ganas, el que lucha hasta el final.
Me sonrío, se despidió
Cuando quise abrazarlo desapareció”.
“Por ser como soy” en Andando, Diego Torres
Podés quedarte quieto, que el mundo seguirá girando a su ritmo; que el aleteo de una mariposa aquí, modificará el clima allá; que si no buscás la suerte con tanto ahínco, el mundo seguirá girando a su ritmo y tal vez te toque aprender a bailar una danza que te propondrá sorpresivamente algún punto del mapa.
Que si no actuás a cada segundo, que si no emprendés sin darte un respiro, encontrarás cuanta sabiduría atesora la espera o el distraerse sin esperar nada. Que todo llega, que todo pasa y se va, pero no todo. Que tenemos anclas-aunque nos queden pocas- para los barcos firmes que se nos cruzan y hay un puerto, tus pies, de donde podés partir o al que podés arribar. Este es uno de los placeres de estar vivo: aunque te quedes quieto te rodea la vida. Aunque no busques, algo o alguien te encuentra; aunque estés callado estás diciéndolo todo. Que diciéndolo todo, que haciéndolo todo, tal vez nada -salvo un gran vacío- lográs transmitir. Tal vez para concretar, para unir el decir al hacer, se necesite un minuto de silencio para soltar a la palabra fallecida en el aire y dar lugar con la acción al deseo que portaba y que se queda vivo en la pronunciación.
Cuando era una incipiente adolescente, con mis compañeras y amigas de la vida, habíamos creado una forma de hacer arte: como no teníamos más obligaciones que unos cuantos exámenes de cinco carillas, cuyas fechas nos recordaban los profesores, usábamos la agenda para pegar frases recortadas del diario, o para transcribir citas y proverbios que –aún no sabíamos- tanto tiempo nos llevaría “soltar” e incorporarlos a nuestra manera de vivir.
Se me viene a la mente una frase célebre por aquellos días: “…Ella lloró por un sueño comprendiendo al despertar que para todo hay un tiempo y hay que saberlo esperar”. Porque es inútil ocupar el tiempo en una espera que está mucho más allá de acá, porque es fructífero a largo plazo andar el camino escuchando el tic tac creativo que nos reclama reales siembras: la espera es inmovilidad y, aunque lo quieto parezca inofensivo, terminará por detenernos para que le hagamos sombra.
Es el gran desafío emprendedor alimentar el tiempo de espera actuando, plantando semillas allí donde nuestros pies descalzos se sienten en confianza con la tierra, que la espera se anulará por sí misma. Cuando el fruto se asome, crezca y madure, nos insistirá para que lo cosechemos. Así el primer árbol se quedará firme en el bosque, de pie, hasta que muera, y el incentivo por lo creado nos persuadirá para que sigamos plantando, para seguir creciendo hasta rodearnos de todo lo que nos pueda hace ricos: tener la menor cantidad de necesidades, que no es lo mismo que tener mucho dinero atesorado entre el hierro de la cama y el colchón.
El emprendedor no es el impaciente generador de innumerables ideas y planificaciones, sino aquel que en el tiempo alimenta la impaciencia con pequeños progresos, eslabones de una cadena que nos hace libres porque no se cierra.
Ahora bien –y aquí viene la emoción contradictoria de nuestro crecimiento: nadie dijo que es sencillo sostener una personalidad emprendedora. Sí es un don, pero con el don no se construyen las casas, no se monta una empresa, no se persigue un sueño. Si tenemos un cajón de valiosas herramientas sólo serán genuinamente valiosas si nos atrevemos a usarlas, si nos atrevemos a reconocernos aptos para alcanzar el relativo y siempre demandante éxito.
Nada se detiene. Aunque vos te detengas, todo funcionará igualmente. Aunque te tomes un día libre, o te cruces de brazos o te dediques a completar palabras cruzadas, o a estar “cruzado”. Lo que viene después es el reconocimiento, la sorpresa de la vida, la complicidad de la suerte con la actitud y ahí sí, nuevamente, tu movimiento y el mundo entero cerrando tu círculo para apoyarte.
Paradojalmente la virtud del saber esperar se adquiere con el tiempo.
Cuando, no sin esfuerzos, los emprendedores aprendemos a esperar, ya no esperamos nada. Porque aunque inmóviles, llueven gotitas de merecimientos. Porque no llega. La canasta se llena de frutos para disfrutar y compartir. Porque sembramos para regar, para cuidar. Para recolectar en el tiempo lejano de la espera.
Por haber asumido lo difícil que fue y es, y lo fascinante que es y será el seguir siendo emprendedores de esperas emprendidas.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios. [email protected]








