El deseo y la impaciencia se anulan recíprocamente. Busquemos la forma de alcanzar nuestras metas como el sigiloso crecimiento de un gorrión recién nacido, que se sabe con alas, que se las descubre, que las aletea y que, finalmente vuela hacia el lugar que elige.
“- Es que uno no debe perder ni un minuto de tiempo. Las cosas se tienen que hacer ya, ya, ya, ya, rápid, rápid…-. Tan apurado estaba siempre, que no se daba tiempo ni para terminar las palabras.
-Bueno, pero si uno hace las cosas siempre apuraaado…no se disfruta de la vida –le decía el oso remolón, mientras se sentaba a descansar-. Veniií…decansá conmigo”.
“La impaciencia de Pedro” en Flores y Cuentos IV, Buscando al hada madrina, Diana Drexler.
El deseo y la impaciencia se desanudan para que los emprendedores construyan paso a paso el sendero florido de sus jardines. Al final del túnel se halla la luz hacia la que marchamos cuando la neblina de la ansiedad y las preocupaciones no nos dejan ver que sólo tenemos ganas. Que el deseo se mantenga en el disfrute adentro del caparazón de tortuga fuerte, para que asome su cabecita cuando la paciencia aflore como virtud imprescindible para que se desplieguen muchas otras.
Ningún pájaro aprendió a volar al nacer y ningún bebé a caminar al unísono con su choque febril con este mundo. El uno supo que tenía alas y se cayó algunas veces antes de saber para qué estaban en su cuerpo, cómo usarlas y hacia dónde ir a través de ellas. El otro supo que tenía piernitas, que parecían quebrarse en cada intento de alcanzar ese juguete que la mamá le mostraba a cierta distancia para que se anime a aproximarse a ella. Y dejó que él se cayera hasta que con la paciencia que tal vez perdió en la adultez, aprendió a caminar. Pero como nunca se desaprende a manejar una bicicleta, la locomoción de nuestro cuerpo está impresa en la memoria. Y podemos ejercitar nuevamente el paso lento, no sin caídas, hacia el objeto de nuestro deseo. Hacia el emprendimiento que una mamá imaginaria nos muestra desde lejos. No es “mamá”, no. Somos nosotros mismos trasladados al cumplimiento, pero para eso gateo, pan queso, rayuela, bastón, caída, patines, caída, camino lento. Paciencia.
Que el deseo aguarde en el corazón, mientras andamos los primeros pasos hacia la satisfacción. Hacia la concreción de nuestra empresa, amigo. Sé que innumerables factores que no dependen de nuestra voluntad sobrevolarán nuestros espacios y convicciones, pero no olvidemos, el corazón nos late, estamos vivos, y nuestro deseo es más fuerte que el obstáculo. Ayudémonos a identificarnos por la fertilidad de nuestras ideas. Creamos en ellas. Seguramente, si nos cruzamos algún día, nos reconoceremos como emprendedores, porque aunque no se vea, el corazón late, amigo, y es inevitable que su ritmo no se salga del cuerpo. Paciencia, amigo. Paciencia, compañero de mi vida. Nos vemos pronto cuando se abracen nuestros latidos en el aire puro que sobrevuela sobre nuestros pasos.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios. [email protected]








