“Entonces, yo tenía veinte años y no permitiré que digan que es la edad más hermosa de la vida”. Nizan
Sin maestros no hay discípulos. Pocas tácticas exitosas y valores eje pueden transmitirse de generación en generación. ¡A cuánta empresa le falta un sabio! ¿Y poseer esta sabiduría a la que me refiero no se adquiere acaso “viviendo mucho”? ¿Cuánto mucho ha vivido un joven de veinticinco años al que se le exige que esté recibido y tenga cinco años de experiencia? ¿Será que el hombre maduro tiene todo eso, pero sus pretensiones no se acomodan a los bolsillos reduccionistas de la explotación globalizada?
El sabio hombre que trabajó durante años, tomando como modelo a su empleador o a su compañero experimentado, hoy busca empleo, pero cierra el diario, porque en la “las escuelas del trabajo” sólo están tomando alumnos para que ejerzan la docencia y la decencia. Los maestros ya no son útiles a la sociedad porque cumplieron cuarenta años. Sin embargo, el resultado no es el mejor: los jóvenes están desanimados, y a los adultos sin empleo los han matado en el momento más pleno de sus vidas. Los han sentenciado a la inutilidad en el nuevo sistema tecnológico global, que engloba a los sabios en sus casas. La riqueza se concentra, la pobreza aumenta. Los valores se pierden. Los hombres del mañana no tienen referencias de los grandes hombres dormidos que se han esforzado durante tantos años sólo para que los maten. Los jóvenes se sienten inseguros por múltiples motivos. Pero ¿no es acaso la falta de contención a la que ayuda el conocimiento una causa que contribuye aún más a la inseguridad personal?
¿Por qué no compartir experiencias? ¿Por qué no integrar “al que recién comienza y sabe mucho de tecnología e internet” con el que sabe cómo usar los recursos y fomentar la relación laboral “cara a cara”?
¿Dónde ha quedado la práctica de la sentencia griega según la cual el discípulo supera al maestro? ¿Por qué se ofrece trabajo limitando la demanda a jóvenes con experiencia que, por una razón ineludible de la vida, es posible que no la posean? ¿No son, acaso, los jóvenes adultos -y con esto me refiero a “pibes” de cuarenta, cincuenta años- quienes poseen una maestría cursada en la vida laboral y tienen aprehendidas las tácticas y las estrategias de trabajo elementales que pueden transmitir a sus discípulos? Lo cierto es que se excluye del mercado laboral a la mano de obra más valiosa, y se pone al frente de grandes proyectos a jóvenes adolescentes que cuentan con la perspicacia y los conocimientos tecnológicos que exige hoy la puesta en práctica de un emprendimiento, pero carecen de maestros que los guíen para ser ellos discípulos que inicien un camino guiado y contribuyan más tarde a guiar a otras personas.
El discípulo no supera al maestro. El maestro está superado. Si no puede emprender solo porque no cuenta con la posibilidad de realizar una inversión, el mercado laboral lo expulsa. Y el discípulo accede a una jornada de trabajo interminable por dos pesos con cincuenta.
Si no se mueve una pieza en el ajedrez, el juego es interminable. El cambio no se suscita. Los peones están cansados. Los reyes son siempre los mismos. Los caballos quieren galopar hacia un lugar donde la inserción social sea posible.
Para ser emprendedor se necesita, a veces, de un aprendizaje. Recorrer un camino solos, sí, pero guiados por la lucecita del que ya ha pisado esas baldosas. Para que el discípulo supere al maestro, o para que el uno aprenda del otro recíprocamente.
* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios.








