El Chueco estaba parado debajo de los tres palos uruguayos. Como siempre, todo vestido de negro, como Yashin, Mazurkievickz o Marrapodi, porque no toleraba que los arqueros parecieran payasos.
El Chueco ya tenía más años de los que hoy tiene el Mono Navarro Montoya.
Pese a su empeño y a su tenacidad para entrenarse -siempre el primero en llegar y el último en irse-, su larga carrera de 26 años como guardameta de Nacional y de casi 20 años en la Selección de Uruguay parecía acercarse inexorablemente a su fin.
Familiares, amigos, allegados y simpatizantes le recomendaban cerrar una carrera futbolística gloriosa ya mismo, antes que la artritis, el reuma o la gota empezaran a hacer sus tradicionales estragos. El Chueco siempre asentía, pero cuando se daba vuelta se le piantaba un lagrimón. Eran muchos años, muchísimos, de no hacer otra cosa que tratar de evitar –y con mucho éxito- que el balón superara la línea de meta.
Enfrente, a solo doce pasos de distancia, estaba Fierinha. Su verdadero nombre era Roberto Edoardo Manuel Alves de Souza Melo e Silva Peres, pero le decían “Fierinha” por la clásica costumbre de los jugadores brasileños de usar apodos en lugar de nombres. Y porque muy pocos integrantes de la torcida eran capaces de recordar tantos nombres y apellidos juntos en una sola persona. Vestido con la nueva indumentaria que la multinacional Nico había desarrollado para Brasil: camiseta verde y amarilla a rayas horizontales, pantalón violeta y medias a rayas negras y blancas.
Fierinha como ya se ha señalado, estaba a doce pasos del arco. Como habrán imaginado los lectores, estaba a punto de patear un penal. Y El Chueco estaba a punto de intentar atajarlo. El pateador, joven de tez morena, pelo enrulado y rasgos definidamente afroamericanos, tenia un interesante record de 23 penales convertidos sobre 29 ejecutados. 4 más habían rebotado en los palos o en el travesaño y 2 fueron desviados. No hay arquero que pueda presumir de habérselo atajado.
El Chueco había atajado 58 de los 73 que le habían tirado a lo largo de su carrera, y a su record personal se le sumaban 6 que habían pegado en los palos. Nunca en el travesaño, porque El Chueco superaba los dos metros y nadie –en su sano juicio- intentaba ponerle la pelota por arriba. Ni en penales ni en tiros libres, ni en ninguna instancia del juego.
Era un penal total y absolutamente histórico, dado el historial de los dos actores. Y el marco en el que se iba a ejecutar ese penal tampoco era poca cosa.
Era el 8 de octubre del 2009, y se jugaba la final de la Copa del Mundo en Denver, Massachussets, Estados Unidos, en el coqueto estadio de Las Panteras de la ciudad homónima. Con capacidad para 70.000 espectadores sentados y 8.000 acostados (estos últimos eran los yanquis que se dormían por su escaso entendimiento del juego de soccer).
Brasil llegaba a esa final después de eliminar por enésima vez a la Argentina con una goleada. Uruguay, después de varios mundiales en los que no llegó siquiera a clasificar, había conseguido superar por penales (21 a 20) al equipo revelación de Trinidad-Tobago. Queda claro que gracias al Chueco, que consiguió desviar por milímetros el último penal ejecutado por Nmbe-Tonga-Mombassa.
El penal que motiva esta historia llegó en el minuto 92 de un partido que Uruguay ganaba trabajosamente por 1 a 0, habiendo jugado casi todo el segundo tiempo con diez hombres. Los brasileños jugaban desde el minuto 92 con once hombres y 21 piernas, porque Cafecinho (joven revelación gaucha de solamente 15 años) había perdido la derecha en la misma jugada que motivó el penal. Consecuencia directa de la garra charrúa, como la suelen llamar en Montevideo.
Pensemos por un momento en la tremenda responsabilidad de los dos protagonistas, quizás mas allá de lo que puede soportar un ser humano: Fierinha, convirtiendo el penal, llevaba el partido a un alargue de 30 minutos, donde inclusive se podía suplantar al pobre Cafecinho y mantener la ventaja numérica. El Chueco, si lo atajaba, consagraba Campeón del Mundo a Uruguay, después de décadas y décadas de sequía futbolística. Y reeditaba el legendario Maracanazo. No hablemos de que el remate pegara en los palos, porque ningún madero –en su sano juicio- querría hacerse cargo de resolver éste verdadero dilema. Por aquello de que los de afuera son de palo…
En el estadio no volaba una mosca. Silencio absoluto y sepulcral. Un espectador que se atrevió a toser, porque venía arrastrando una fuerte bronquitis, fue duramente golpeado por sus compañeros de platea y posteriormente retirado del estadio por los marines, quienes –para no perder la costumbre- también lo golpearon y en forma salvaje.
Como le dijo una vez Gatica a Perón: “dos potencias se saludan”. Dos potencias, una pateando y la otra atajando, se saludaron, y luego cada uno se preparó para hacer lo suyo.
El Chueco agarró el esférico. Que era odiado por todos los arqueros participantes porque era muy pequeño, terriblemente liviano y estaba demasiado inflado, con lo cual se convertía técnicamente en un balín casi imposible de controlar. En ocasión del partido entre Haití y Sierra Leona, que se jugó bajo una copiosa lluvia, los pobres arqueros ni siquiera intentaban agarrarlo o rechazarlo con las manos, simplemente se tiraban con todo su cuerpo hacía el lugar donde aparentemente llegaría, para que por lo menos les rebotara en alguna parte de su cuerpo. Con poco éxito porque el partido terminó 9 a 6.
Bueno, como decíamos, El Chueco agarró la pelota, caminó muy lentamente los 12 pasos (algunos uruguayos exagerados que presenciaron éste histórico partido juran que llegó a tomarse un par de mates en el trayecto) y lo encaró a Fierinha.
El Chueco era hombre de campo, nacido en Tacuarembó, y le dijo textualmente lo que sigue: mire compadre, usted y yo nos jugamos una parada muy brava, espero de corazón que gane el más mejor y además que sea lo que Dios quiera. Y continuó: por mi parte sepa que soy un hombre honrado, decente y correcto, por lo que ni pienso en adelantarme antes de que usted patee. Se lo voy a atajar, no tenga la menor duda, pero por las buenas y como debe ser, no haciendo trampa, que es cosa de mal nacidos.
Fierinha, que realmente no entendió mucho de lo que El Chueco dijo pero supo interpretar la esencia del mensaje, le retrucó: eu tambein sou honrado, dicente e correcto. Eu no vou a amagar antes de patear o penal. Sera gol, mais sera por directa, no por isquerda.
Luego se dieron las manos respetuosamente, porque un abrazo a esa altura era una mariconada o una traición a las respectivas patrias, y se dirigieron cada uno al puesto de combate que la vida les había destinado.
Congelemos la imagen: Santos Vega diría que la tarde se inclinaba al Occidente, porque ya estábamos en el crepúsculo, y desde la mitad del segundo tiempo se había encendido la iluminación artificial. Debajo del arco un tipo imponente, casi amenazador, todo vestido de negro y también con gorra negra, que parecía ocupar todo el arco. Por el efecto de las torres de iluminación, El Chueco proyectaba una sombra gigantesca e intimidante sobre el área chica…. y sobre Fierinha.
A 12 yardas de distancia (recordemos que el estadio estaba en Denver) estaba Fierinha. Vestido de forma ridícula –como ya quedó dicho- pero sabiendo en lo más profundo de su interior que era uno de los mejores delanteros del mundo. Y, con seguridad, el mejor de todos los pateadores de penales que seguían en actividad.
El resto no existía: ni el estadio, ni los espectadores, ni los puestos de venta de hot-dogs, ni los 19 jugadores restantes, ni las 37 piernas y una muleta que se apoyaban sobre la línea de mitad de cancha. Acotemos que la pierna estaba en un recipiente con hielo ante la eventualidad de una posterior reimplantación del miembro. Todo era Fierinha contra El Chueco, o El Chueco contra Fierinha, como ustedes lo prefieran.
Inclusive el referi tenía una posición absolutamente secundaria, porque quedaba claro que el penal se convertía o se atajaba. Y ahí se terminaba todo. Si Fierinha conseguía convertirlo empezaba otro partido de 30 minutos, pero esa prolongación en el tiempo y en el espacio de la situación que estamos describiendo nada tenía que ver con el penal. Era un momento único e irrepetible.
Fiel a su costumbre de ex jugador de rugby, Fierinha cortó un poquito de césped y lo tiró al aire, para medir como venía el viento. Ya determinada la dirección y velocidad del mismo con este truco ancestral, Fierinha retrocedió tres pasos y medio y luego se corrió hacia su izquierda un paso y cuarto. Me recordaba al artillero de los cañones de Navarone apuntando a los barcos alemanes para hundirlos o, por lo menos, para producir el mayor daño posible.
Y ahí se quedó, ensimismado, esperando que el árbitro hiciera sonar el silbato. El Chueco, firmemente apoyado en la línea de gol, sentía que toda su vida pasaba ante sus ojos en un segundo, especialmente aquel primer penal de su carrera que le atajó a Washington Conaprole, delantero de Sporting Garganta del Diablo.
Y sonó el silbato. Llego el momento cúlmine de la Copa del Mundo, ese momento que brasileños y uruguayos y habitantes del mundo en general esperaban con tanta ansiedad.
Fierinha inició su lenta carrera con la convicción que tienen los que saben. El Chueco se mordió los labios dispuesto a vender muy cara su derrota. Fierinha llegó al balón y lo impactó en forma fuerte, seca y precisa con la cara interna de su botín derecho. El Chueco, viejo en estas lides, empezó a volcar lentamente su cuerpo hacia su derecha –es decir la izquierda del shoteador- porque intuía que el brasileño le iba a cruzar el tiro a ese palo.
En ese mismo momento –quizás con una fracción de segundo de diferencia- se escuchó claramente un grito desde la tribuna uruguaya: uy Dio, el fulbo reventó, el fulbo reventó !!!
Ese grito solitario fue acompañado al instante por una ovación de todos los orientales presentes, que creyeron tocar el cielo con las manos. La tribuna brasileña, mientras tanto, se mantenía en silencio, sin entender muy bien lo que había pasado.
Lo que había pasado es que la pelota, fabricada por la multinacional Bandidas, había explotado un instante después que Fierincha le pegara. La pobre no había llegado a recorrer ni dos metros, y ahora yacían sus restos mortales desparramados sobre la verde gramilla. De hecho, el pedazo más grande que quedaba no llegaba a los 3 centímetros de diámetro. Es decir, y para que esto se entienda bien, el esférico explotó, se hizo bolsa o, para ser más precisos en términos futbolísticos, se hizo pelota…
El desconcierto en el estadio fue total. Hasta los uruguayos, que festejaban que la pelota no había llegado a entrar, se dieron cuenta que era una situación atípica, demasiado buena como para ser real. Fierinha se quedó duro como caballo de estatua, mirándose el botín derecho, como culpándolo por la explosión, mientras El Chueco apuraba otro amargo mientras esperaba que la situación se clarificara.
Los dos miraban al referi, que ponía su mejor cara de “yo no fui”. En realidad estaba tratando de ganar tiempo para recordar, a la máxima velocidad que trabajaba su cerebro, que decía el reglamento sobre una situación de este tipo. Después de unos 5 minutos –recordemos que el arbitro era el norteamericano James Medium- concluyó que no decía absolutamente nada.
Inmediatamente miró hacia el palco oficial, donde se encontraba Julio Grondona, presidente perpetuo de la FIFA desde el año 2008, buscando una señal, un apoyo, un consejo, algo. Un momento después El Chueco y Fierinha miraron en el mismo sentido y a la misma persona. En un minuto todo el estadio, incluyendo la pierna de Cafecinho, lo miraba a Don Julio.
El presidente, rápido de reflejos como lo fue toda su vida, manoteó un micrófono que alguien le alcanzó y, luego de carraspear seis o siete veces, se dirigió en perfecto castellano a todos los presentes, para explicarles que en realidad la situación de explosión de la pelota no estaba contemplada en el reglamento. Mientras tanto los directivos de Bandidas escapaban rápidamente del escenario del drama hacia sus lujosas limousines, aprovechando la confusión generalizada.
Siguió el pope de la FIFA diciendo que si bien el balón no había transpuesto la línea de gol, lo que parecería darle la victoria a Uruguay, tampoco había estado dicho balón en condiciones técnicas y psicofísicas siquiera de recorrer la distancia que mediaba entre el punto del penal y dicha línea de gol. Lo cual implicaría que habría que otorgarle una nueva oportunidad al ejecutante, esta vez con una pelota de tientos, para evitar nuevos problemas.
Después Don Julio hizo un silencio, porque no sabía que carajo decir respecto a la elección entre las dos opciones que acababa de plantear.
Pero rápidamente salió del atolladero diciendo que en ese mismo momento iba a formar una comisión con los máximos directivos del fútbol mundial para legislar sobre el caso de explosión de la pelota antes de llegar a la línea de gol. Y que dicha comisión debería expedirse si o si en el término perentorio de 30 días para resolver el asunto. Que recién ahí se iba a saber si el partido había terminado y Uruguay era Campeón del Mundo, o si se reiteraba el penal en un estadio sin público, posiblemente el de Excursionistas, en Buenos Aires.
Hoy han transcurrido diez meses desde aquel fatídico día. La comisión de notables se reunió en varias ocasiones, pero nunca pudo llegar a una decisión. Tal vez porque no conocían mucho de este noble deporte, tal vez porque cualquier decisión que tomaran iba a ser polémica y contribuiría a desprestigiar aun mas a la FIFA, si es que ello fuera posible.
Rescindieron, eso si, el contrato con Bandidas y firmaron un nuevo contrato de provisión de balones con Nico. La única condición que le impusieron a ésta última empresa es que volviera a vestir a Brasil con sus colores tradicionales.
Don Julio aseguró que antes del mundial del 2013 el tema iba a estar resuelto. Conociendolo pocos creen que sea cierto. Mientras tanto no hubo Maracanazo ni Ozanacaram, que no es el nombre de un político o poeta árabe sino “Maracanazo” al vesre.
Mientras tanto, decenas de miles de orientales deambulan todos los días por las calles uruguayas, como siempre con su mate y con su termo, sin saber si finalmente fueron o no campeones del mundo. El Chueco, que se retiró de la práctica activa del balompié, ahora es periodista deportivo y trabaja con El Príncipe.
Cientos de miles de brasileños, que ya no pueden disfrutar ni siquiera del Carnaval, se preguntan una y otra vez si antes del 2013 podrán llamarse a si mismo heptacampeones. Fierinha permanece internado desde entonces en un hospicio para desequilibrados mentales ubicado en el Mato Grosso.
Cafecinho, a Dios gracias, pudo recuperar su pierna, aunque quedó irremediablemente rengo. Lamentablemente tuvo que dejar la práctica del fútbol y hoy se dedica a dar conferencias en EEUU y Europa sobre la terrible experiencia que le tocó vivir en ese Mundial. El defensor uruguayo, como corresponde, le pidió disculpas en forma pública. Por eso se ha dicho siempre –y con justa razón- que este es un deporte de hombres…
Parafraseando al inmortal Negro Fontanarrosa, diremos que “…eso, eso es el fútbol”.









