Serafín Abilio Martínez, presidente de la Confederación Asturiana de la Construcción, emplazó al sector metalmecánico a que dé el relevo a los constructores como locomotora de la economía asturiana y César Figaredo de la Mora, presidente de Femetal, le respondió que el relevo ya se ha producido, pues el Metal lleva varios años siendo el motor de la economía asturiana.
Limitada de momento a los enunciados y a unos pocos datos, la polémica podría convertirse en un debate más detallado, sin duda interesante. Pero desde la perspectiva de los asturianos lo que realmente importa es lo que suman entre ambos sectores y lo que influyen en que la economía asturiana mejore. Es decir, que haya cada vez más empresarios en Asturias, en todos los sectores y que sean cada vez mejores. Pues siendo absolutamente necesarios los empresarios no todos son ejemplares.
El destacado economista Xavier Sala i Martín publicó este mismo mes en el diario barcelonés «La Vanguardia» un resonante artículo en el que achacaba la etapa de decadencia por la que pasa la economía catalana al predominio de los empresarios «localistas» frente a los «cosmopolitas». Los primeros tienen un marco de referencia local y triunfan por sus conexiones con el siempre voraz poder político, cuya protección buscan ante todo. Y los segundos, con un marco de referencia universal, triunfan sencillamente porque valen. Tras preguntarse si la ciudadanía catalana en general y el empresariado en particular no se estarán haciendo cada vez más localistas, opina que la globalización tiende a premiar a los cosmopolitas y a castigar a los localistas.
En esa dicotomía resuenan claramente algunos ecos que resultan familiares a los asturianos. Gracias a la nunca suficientemente agradecida labor pedagógica realizada en su región natal por otro economista liberal, Álvaro Cuervo, los asturianos se familiarizaron con la distinción entre buscadores de renta, que gracias a sus conexiones con el poder, se mueven como pez en el agua en una economía regulada y los verdaderos emprendedores, que asumen el riesgo, incluida la posibilidad del fracaso ocasional, sin reclamar otra cosa que la ausencia de discriminaciones.
El localismo y la búsqueda de rentas son asimilables como concepto. Se trata, a fin de cuentas, de explotar las ventajas de la proximidad. Para Asturias sería desastroso que se impusiera entre el empresariado una actitud semejante. Con un mercado propio no sólo pequeño sino amenazadoramente menguante, una economía planteada bajo esos supuestos iría a un suicidio seguro. La única opción de Asturias es asumir el reto de la globalización y mejorar su capacidad para competir en el mercado mundial, incluido, naturalmente, el español. La contribución de los poderes políticos tiene en este terreno un cauce tan amplio como justificado. Las organizaciones empresariales han señalado a menudo las necesidades más perentorias. Por ejemplo, la mejora de las infraestructuras favorece la competitividad, haciéndola posible en condiciones de mayor igualdad. También, la dotación de terrenos industriales en una región donde los que hay están ya saturados y la orografía es un obstáculo a salvar, se convierte en un requisito imprescindible para conseguir la implantación de nuevas empresas. Y la mejora de la formación, que en el caso de la reglada y la ocupacional es una clara competencia de las administraciones y en el de la continua, un razonable ámbito de encuentro de aquéllas con la empresa, lo mismo que la ayuda a la investigación, una actividad imprescindible para la mejora de la competitividad y que se debe desarrollar en varios frentes, desde la Universidad a la empresa, pasando por instituciones sostenidas por el mecenazgo.
A cuenta de la investigación se registró, también esta semana, un encontronazo entre un alto cargo del Ministerio de Educación y el consejero asturiano del ramo. El primero reprochó a Asturias que esté no sólo por debajo de la media nacional en inversión en I+D+I, un 1,2% del PIB, sino que ni siquiera llegase al 0,8%. Indignado, el Consejero replicó que en 2006 el porcentaje asturiano llegó al 0,6%. Si ese arranque de pundonor herido es el síntoma de que, por fin, el Gobierno asturiano toma en serio el impulso a la investigación, habrá que darlo por bienvenido.
Y ello porque contribuiría al objetivo de mejorar las condiciones para la creación de riqueza, una tarea que, en último extremo corresponderá ejercer a los emprendedores de todos los sectores. Asturias necesita que su número aumente. Que haya muchos más. Y que sean los mejores posibles.
Fuente: lne.es








