Si el resto fue una pérdida, la ganancia fue el poder. Nunca se ha querido aprender. Siempre la guerra ha sido el arte cruel con la que los hombres vieron conquistadas sus metas. Al pasar se oyó que la consecuencia de la Primera Guerra Mundial fue la segunda. Y con seguridad se dice que lo que sucede ahora es responsabilidad del hombre y que hoy la guerra, aunque sin la formal declaración de su existencia, es mundial. Es la tercera. Y como vencida, nos vencerá.
Salvo que…
“El canto rodado delineó la sexta línea del pentagrama. Giró componiendo una estrategia silenciosa contra la guerra. Y giró, giró hasta hacerse sedimento e inmiscuirse en un sobrecito de brillantina donde los puntitos dorados lo recibieron intrigados por la diferencia. Todo, en Beiruit, en el pupitre donde una niña quería dibujar un sol”.
Gisela Mancuso, En ella.
Así cómo hablamos de tácticas y estrategias para llevar a cabo nuestros proyectos, y hacer provechosa nuestras ingeniosas ideas para creer en el país y en nuestra posibilidad de progreso, el hombre siempre ha sabido utilizar su inteligencia para emprender conflictos bélicos expresos y visibles, o guerras implícitas que no se ven pero se sienten.
Todo lo que nos conduce a la llamada evolución nos desapodera del lugar seguro en el que deseamos vivir, nos hace entes que con la frente en alto mantenemos la dignidad, pero con el temor imperecedero de no saber si llegamos a fin de mes, si el año que viene reconocerán nuestro talento, o subirá el escalafón de esta justicia redefinida el que tuvo la suerte de dejarse llevar.
Peco de repetitiva si insisto con la indiferencia reinante a la pobreza, a los niños, al hambre, al frío y a la violencia que sobre ellos ejercen. Peco de denunciante si digo que los Estados son gendarmes, cuidadores compulsivos, de que las cosas sigan siendo injustas. Invento, a partir de una realidad sin vaguedades, un nuevo concepto de “guerra”. Y les pido, que sin necesidad de ver la aberración extrema en los titulares de los diarios, miren a su alrededor: lagañas, niños sin mochila, mantas sobre los hombres en los umbrales de los comercios, lágrimas secas en los pómulos de una niña, miradas ladronas atentas a la distracción del transeúnte. Les presento una nueva guerra; las armas, los propios hombres concatenados en la chatura de un sistema hostil cuyos beneficios alcanzan a un reducido porcentaje de la población. Cuando no estemos lo que hoy sucede y no se llama guerra –porque hemos convenido que así nombramos lo que sucede en forma igualmente trágica en otros lugares del mundo- serán varios capítulos de un libro de historia universal que leerán, no sé, los hijos de esos niños que hoy viven en las calles, y los hijos de nuestros hijos si tenemos la fortuna de enseñarles cómo revalorizar el concepto de la vida misma, el sentido de la humanidad.
Este campo de concentración permanente en la subsistencia, retroalimenta la ambición y la búsqueda del poder en lo ajeno de los emprendedores de la guerra, que van andando un camino sigiloso, casi silencioso, hacia la destrucción. Nos mantienen distraídos con diccionarios que mienten. Con conceptos de democracia abstractos en los que el sinónimo de la definición del derecho humano, es la acción contra ese derecho, o la omisión de su resguardo.
Emprender el arte de la paz es mucho más difícil, porque el compromiso es con todo el cuerpo, y con el alma.
Que la lucha cotidiana no nos haga olvidar que tenemos que ser palomas mensajeras que sobrevuelen a los artífices de las guerras.
Tenemos que mantenernos dignos para que exista algún día una cuarta guerra en la que el arma sea un abrazo, y la empresa, la salvación de la humanidad.
Porque emprender a veces, y lo siento tanto, es luchar contra los emprendimientos que lastiman.








