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O rei do gamao

Gamao es una palabra portuguesa que los hispano-descendientes traducimos como Backgammon.  Se trata de un juego creado unos 3.000 años A.C. en la Mesopotamia (favor no confundir con la zona de Entre Ríos o Corrientes).  Los persas lo introdujeron en Europa, donde los romanos lo llamaban Tabula, los ingleses Tables, los franceses Le Trictrac, y los griegos Tavli.  Es un juego muy popular especialmente entre los armenios, y en los torneos y campeonatos que se disputan en Argentina ellos son mayoría.
El Rey Alfonso X, nada menos que un Rey, escribió en el siglo XIII las primeras reglas que se conocen. Esto nos habla con precisión de la noble estirpe de un juego que, con el tiempo, pasó a ser sinónimo del Principado de Mónaco y del mismísimo Omar Sharif.  Y explicaría –quizás torpemente- porqué hemos bautizado éste cuento como O Rei do Gamao.  En el siglo XVII se lo empezó a llamar Backgammon, porque una de las características de éste fantástico juego es que las fichas que fueron comidas pueden y deben volver al tablero de juego. 
Finalmente los norteamericanos le agregan el último elemento que completa al Backgammon como hoy se lo conoce: el dado multiplicador o “cube”.  Elemento más que interesante, ya que permite duplicar la partida y, si el oponente acepta, el partido se juega por 2 puntos.  A su vez el oponente puede cuadruplicarlo –si posteriormente cree que puede ganarlo- y pasa a jugarse por 4 puntos.  Así se puede llegar a jugar el partido por hasta 64 puntos.
Esto es sumamente interesante para torneos que se juegan a un total de varios puntos y tiene la virtud de acortar el tiempo de juego cuando queda claro que el partido ya está ganado.  El rival simplemente no acepta la duplicación, pierde por un punto y a otra cosa mariposa.  En todo caso es lo mejor que le puede pasar, porque aun sin duplicación hay circunstancias del juego donde se puede perder por dos puntos.  Y, aunque muy raramente, se puede perder también un partido por tres puntos.
The cube también sirve cuando en un torneo te toca jugar con un plomazo que no tiene ni idea del juego, y al tirar el tercer dado ya sabes que le vas a ganar.  Duplicas, no agarra, y listo.  Y si en vez de ser un plomazo es un super-recontra-plomazo agarra, y entonces pierde por dos puntos.
Toda ésta introducción viene a cuento para narrarles la historia de Polo, un excelente jugador de Backgammon con quien el autor ha tenido oportunidad de compartir muchos partidos y una cierta dosis de obsesión con el juego.  Porque el Gamao parece menos profundo que el ajedrez, y en cierta medida el resultado puede depender de los dados que cada uno tira, pero entre jugadores más o menos parejos es el juego más apasionante que existe.
El autor juega backgammon en Argentina con Polo y también juega Gamao en Brasil con el mismo sujeto.  En una ocasión jugamos 24 horas seguidas en la fantástica  Ilha Grande, sin que trascendiera el resultado final (solemos recordar vagamente un 97-91) porque ambos nos quedamos dormidos sobre el tablero por un lapso similar de tiempo.
Las condiciones del match fueron particularmente críticas por la falta de luz y el constante ataque de mosquitos y borrachudos.  Y los gritos de las respectivas esposas e hijos, que nos aconsejaban –debo decir que de muy mala manera- que nos dejáramos de joder y nos fuésemos a dormir.  Y que íbamos a estar hechos unos estúpidos a la mañana en la playa, como todos los santos días desde que llegamos a la isla.  Y que para que habíamos venido de vacaciones con tanto esfuerzo y después de un año tan complicado.
Esto nos hizo sentir realmente mal, pero la compulsión del juego –a Dios gracias- fue superior, y los ignoramos.
Pero no es el objetivo del cuento revivir aquella gesta histórica, que quedó grabada en los siguientes libros:  De Oro del Backgammon, Guiness, y Obituario Da Associacao Brasileira de Gammao.  Nuestra modestia –la de Polo y la mía- nos impide alardear con ese asunto, aunque en lo más íntimo ambos tenemos en claro que produjimos un hecho que será recordado por los siglos de los siglos.
A Polo le gusta jugar, no especialmente jugar a algo sino más bien jugar a todo.  Es muy hábil en cualquier juego de cartas que se conozca, un maestro tirando los dados (doy fe de ello porque en general me gana, no porque juegue mejor que yo sino exclusivamente por los dados que tira) y trunfador habitual en casinos y otros antros de juego.  Podríamos definirlo además, y sin ningún tipo de dudas, como un tipo de suerte.
Es de los que tienen una cuchara en la mano cuando llueve sopa, y bien sabemos que la mayoría de nosotros –en esos casos- cuenta solamente con un tenedor.
Se lo supo ver en Tucumán, en un bar situado frente a la plaza de San Miguel, jugando el legendario juego de los panes de azúcar. El mismo es un juego medianamente pasivo y/o de baja acción, que consiste en que cada contertulio coloca delante suyo un pancito de azúcar y –a continuación- se queda lo más quieto posible.  Ese sería todo el juego, que suele durar varias horas, si no fuera porque participan las moscas. Dichos simpáticos bichitos se posan sobre alguno de los pancitos de azúcar, y gana el parroquiano que acumula más moscas en el suyo.  No debiera aclarar, conociendo todos la naturaleza del tucumano, que el juego es siempre por dinero.
Polo ganó el cien por ciento de los juegos que le tocó disputar –ya que en su pancito estaban todas las moscas tucumanas y en ocasiones hasta alguna salteña- hasta que los tucumanos, sumamente ofendidos, lo echaron de la Provincia.  Como estaba ansioso por seguir ganando, y aprovechando la proximidad geográfica, intentó imponer el juego en Santiago del Estero.  Pero fue un fracaso porque la mayoría de los santiagueños lo consideraba un juego riesgoso y estresante, y los pocos que se animaron a competir con Polo se quedaron dormidos antes que aterrizara la primera mosca.  Ganar siempre es lindo, pero hacerlo contra tipos imposibilitados no le gusta a nadie.
En otra ocasión, y luego de participar en muchos torneos porteños de backgammon, Polo descubrió que a partir de su afición al juego también se podían realizar pingues negocios con la actividad.  Esto no fue una casualidad, porque el hombre –además de sus virtudes de jugador y su suerte- era un exitoso empresario inmobiliario y un gran negociador.  Al estilo de Olaf, protagonista secundario de nuestro cuento “Regatinho”, que no debieran dejar de leer.
Su agudo instinto de observación le permitió notar que, teniendo el juego una parte de azar determinada por los dados, era común que los jugadores que perdían echaran culpa de su derrota a dichos cubitos. 
En el backgammon, para que se entienda mejor, nadie pierde porque el otro sea mejor, todos perdemos porque el adversario se sacó mejores dados.  Esto es una ley básica, irreversible y que no se cuestiona, como podría ser la Ley del Talión o que Tinelli siempre esté primero en el rating.
Polo montó un simpático stand a la salida de un Torneo multitudinario de más de 800 jugadores, que era organizado por otro amigo en común, a quien por razones de reserva –ya que ahora se dedica a actividades totalmente honestas- llamaremos Daniel S.  El stand era atendido por cinco modelos ex Playboy para aumentar el interés en el asunto.
La actividad del stand era simplemente que las chicas –muy escuetamente vestidas, dado que no sobraba presupuesto para ropa- escucharan a los jugadores que iban saliendo derrotados del torneo sobre los motivos de su adversidad.  Los que se acercaban al stand tenían para ello un lapso máximo de 15 minutos y debían oblar la módica suma de 50 pesos.
El negocio fue fabuloso, y le permitió a Polo cambiar su vetusto vehículo por un flamante cero kilómetro de origen alemán esa misma noche, hasta que las chicas se aburrieron de escuchar durante horas y horas que la culpa había sido de los dados y se mandaron a mudar.  Acompañadas, claro, por cinco de los jugadores que antes se lamentaban en el stand y ahora comprendían que la vida siempre te da otra oportunidad.
Polo, por las razones ya expuestas, estaba muy acostumbrado a ganar. Cuando se juega entre players (Coco Basile dixit) de similar nivel, la Ley de los Grandes Números hace que los resultados vayan acercándose inexorablemente al 50/50 por ciento.  Lo mismo pasa con los dados, podés tener suerte un partido, dos o tres, pero a la larga –en grandes cantidades de partidos- la tendencia también es 50/50. 
Bueno, Polo era uno de los raros casos de 55 % de victorias y 45 % de derrotas a lo largo de casi treinta años de carrera profesional.  Y eso no es nada, en dados positivos ganaba 75 a 25.  No se si les conté que siempre me gana por esa maldita suerte que tiene…
Polo fue convenciéndose, poco a poco, de que era casi imbatible en cualquier tipo de juego de azar… y absolutamente imbatible en el backgammon.  Cada una de sus derrotas –especialmente en aquellas tardes en que no aparecían sus dados mágicos- lo sumía en una profunda depresión.  Además de gastar mucho dinero en sicólogos, para lo cual debió malvender su flamante vehículo de origen alemán, la cosa se fue poniendo sicótica y compulsiva. 
Podías ganarle a Polo, pero tenías que seguir jugando y no te podías levantar de la mesa de juego hasta que Polo te ganara a vos.  Y aclaro que esto fue posterior al legendario partido de 24 horas en Ilha Grande, para que nadie crea que estoy llorando por alguna herida del pasado.
El protagonista de nuestra historia volvió a fumar, hasta dos cigarrillos a la vez, pero igual los nervios y la ansiedad seguían en aumento. Pocos días después de reiniciarse en el tabaquismo empezó a buscar refugio en el alcohol (recordemos que su bebida predilecta era la horchata de chufa) pero las cosas iban cada vez peor. 
Mientras fumaba como un escuerzo y bebía como una esponja se le había dado por masticar gofio (del que sabemos que nunca se puede tragar del todo), lo cual completaba un cuadro absolutamente deplorable para sus adversarios y para quienes seguían sus partidas ávidos de aprender los secretos del juego
Los tragos lo obnubilaban tanto que ya no tenía la menor idea si había ganado o había perdido y, por las dudas, te obligaba a seguir jugando por días y días.  Era su forma, un tanto primaria, de cuidar sus excelentes estadísticas como jugador de backgammon.
Siempre me pregunté como un borracho vicioso podía seguir jugando y además hacerlo tan bien como lo hacía Polo.  Era una duda que me carcomía las entrañas hasta que decidí pegar un vistazo inquisitivo a los jugadores que habitualmente participaban de los torneos, incluyéndome a mi mismo. En ese mismo momento todo quedó claro y se acabaron las dudas.
Un lejano lunes de noviembre Polo despertó tirado en una alcantarilla de Villa Insuperable, con síntomas evidentes de una gran borrachera anterior.  Nunca pudo explicarse lo sucedido, porque venía de participar en un torneo realizado de miércoles a sábado en Nordelta.  Pero algo en su interior, una suave vocecilla, le dijo que su vida no podía seguir transitando por esos carriles.
El mismo martes se sentó frente a su laptop (herramienta que, a la sazón, nunca llegó a dominar del todo) y escribió un riguroso plan de recuperación personal, compuesto de varios pasos:
1. Separarse de su esposa, para poder jugar tranquilo en Ilha Grande,
2. Iniciar un riguroso tratamiento para adelgazar con el Dr. Colmillón, ya que el alcohol y el gofio habían hecho estragos,
3. Abandonar para siempre cigarrillos, cigarros y habanos, reemplazándolos por chicles, de los que llegó a consumir unas 26 cajitas diarias, con el consiguiente relajo estomacal,
4. Concurrir diariamente al gimnasio para modelar su cintura, fortalecer sus músculos y recobrar un aspecto medianamente humano,
5. Hacerse implantar en la Clínica del Dr. Chuenga 3.500.000 pelos, para lucir bien y sentirse bien con si mismo,
6. Abandonar todo tipo de juego que no fuera el backgammon.  Con la única excepción del truco, el mus, el culo sucio, la canasta, el poker y el dinenti,
7. Obligarse a leer todos los libros de auto-ayuda de Paulo Coehlo, por difícil que esto pareciera,
8. Meditar sobre las profundidades y los recovecos de la vida durante 6 horas diarias.

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El plan funcionó.  Seis meses después Polo era un nuevo ser humano.  Tranquilo, sereno, mesurado, libre de vicios, sin ninguna ansiedad.  Acompañado siempre por las cinco modelos ex Playboy, flaco, elegante, y con una melena que envidiaría el mismo Bob Marley.
Muchos que jugaron al backgammon con el en esos tiempos creen recordar que hasta irradiaba una suerte de luz, similar a la que los mineros tienen en el casco para no golpearse contra las paredes de piedra.  Otros comparaban ese fuerte reflejo –seguramente producto de su plenitud espiritual- con la luz blanca que vió Victor Sueiro cada vez que se murió. Y que fueron varias.
Polo, seguro de si mismo y autoconvencido de sus capacidades, cada vez jugaba mejor.  Su promedio de victorias 55/45 iba en camino a un 78/22.  Sus buenos dados iban pasando inexorablemente del 75/25 al 90/10.  Ganarle era como sitiar una fortaleza inexpugnable: meses de esfuerzo sin ningún resultado práctico. 
Quedó como indiscutible número uno en Argentina y aprovechó su fama en Brasil para ser también el número uno en aquellas cálidas playas.  En Estados Unidos nadie se animaba a jugar con el.  Decidió irse a vivir a Europa, donde se jugaba el backgammon realmente pesado.  Específicamente en Mónaco, donde se compró un castillo medioeval, donde vivía con las cinco modelos ex Playboy y un Lamborghini Murciélago.  Su vida era plena, hasta el punto que en una fiesta llegó a conocer a David Beckham y a su esposa.
Jugaba todos los torneos que se disputaban en el Viejo Continente y ganaba la mayoría de ellos.  La luz que irradiaba era cada vez más potente, y se cuenta de torneos donde se cortó el suministro eléctrico pero igual se siguieron jugando al amparo de su luminosidad.
Otro lejano lunes de noviembre se despertó en tierra Armenia.  Luego de algunos mimos con sus cinco compañeras se subió a su poderoso vehículo y se encaminó hacia el Armenian Tavlis Challenge, el torneo de Backgammon más importante del mundo.  Superó con cierta facilidad las rondas clasificatorias y accedió a las semifinales en menos de lo que canta un gallo.
En un recordado partido venció a Omar Sharif por 23 a 22, superando la vergüenza que le produjo derrotar a ese actor al que tanto había admirado en su tierna niñez, en su adolescencia y hasta en su juventud.  Pero bueno, el jugaba para ganar.
Y estaba en la final.  Oportunidad única e irrepetible de ser el mejor jugador del mundo.  Hasta percibía la posibilidad de dejar de jugar al backgammon y dedicarse a jugar al mus, con lo cual también lograría trascender en España.  Frente suyo estaba Ararat Vertebedián, ganador de los últimos tres challenge mundiales.
El partido fue memorable.  Televisado a los más recónditos rincones de la tierra, se calcula que lo vieron 325.871.901 espectadores.  Superando lejos a las finales de la NBA, a los partidos finales de la Copa del Mundo de Fútbol y a Bailando por un Caño.
El partido estaba pactado a 31 puntos.  Vertebedián saco una rápida ventaja de 15 a 0, y todo parecía definido.  Polo pidió permiso para ir al baño, aduciendo entendibles cuestiones fisiológicas, y comenzó a golpearse la cabeza contra el vidrio del rest-room mientras se repetía que no podía perder de esa forma.  Volvió al tablero y prontamente estuvo 11/15 abajo. 

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A partir de ese momento el match entró en una rara paridad.  No queremos aburrir al lector con las variaciones en el score, pero en un momento estaban 22 a 22, en otro ganaba Ararat 25 a 24 y en el tercero ganaba Polo 26 a 25.

Transcurridas seis horas de partido, y en medio del agotamiento nervioso de ambos jugadores, la cosa quedaba 27 a 27.  Varios de los espectadores que presenciaban el partido debieron ser atendidos por la Cruz Gamada, servicio de paramédicos y ambulancias generosamente provisto por las autoridades alemanas.  27 a 27, paridad absoluta, cosa ´e mandinga.  Ambos quedaban a solamente cuatro puntos de ganar pero –a la vez- a cuatro puntos de perder.

Y empezaron a jugar el punto 28.   El aura de Polo ya se había apagado, fumaba cigarrillos uno tras otro y apuraba un promedio de un fernet-cola o un piel de iguana por minuto.  El servicio de tragos era provisto por San Tomé Barras Móviles, bastante lejos de su área geográfica habitual. Ararat no estaba mejor que Polo, aunque su apariencia oriental lo ayudaba: en realidad era un manojo de nervios, se comía las uñas y aspiraba furiosamente un naguile con el que lo había provisto la organización del torneo.  Deslumbrado por los tragos de San Tomé, también apuró varios.

En un momento del partido el armenio se vio ganador y duplicó la apuesta.  Si Polo aceptaba el partido era doble para el que ganara y ya estaban en los 29. El argentino, acostumbrado a jugar con mucho de intuición, se tomó un tiempo inusualmente largo para decidir si aceptaba o no.  Después de más de una hora decidió aceptar la duplicación.

Siguieron rodando los dados, siguieron saliendo y entrando locamente las fichas del tablero y, pasada la medianoche, Polo sintió que ganaba el partido.  Por lo tanto cuadruplicó la apuesta y logró que Ararat –por primera vez en muchos años- vacilara.  El armenio sabía que si aceptaba se estaba jugando todo, porque el ganador llegaba a los 31 puntos y se llevaba el premio mayor. 

Pero si no aceptaba perdía por dos y quedaba 27/29 abajo, lo cual también era complicado de levantar en ese nivel de paridad. Como era consciente de que en ese momento estaba más cerca de perder que de ganar estuvo a punto de rechazar la cuadruplicación y seguir remando desde dos puntos abajo.

Pero su orgullo lo traicionó.  El tricampeón no podía no aceptar la apuesta de un argentino desconocido.  Consultó con las cinco modelos ex Playboy-Armenia que lo acompañaban, le pegó una fuerte chupada al naguile, se paró, miró hacia las cámaras de televisión y dijo: acepto !!!  Este acto eminentemente teatral tuvo una fuerte acogida entre el público presente, que lo ovacionó durante largos minutos.

Volvieron ambos a concentrarse en el match.  La partida seguía siendo increíblemente pareja.  Llegaban al final y nadie podía determinar a priori quien sería el ganador.  Cuando decimos “nadie” no estamos exagerando, porque los mejores analistas de backgammon del mundo seguían la partida por Internet y se entrecruzaban consultas sin resultado alguno.

Polo sabía que ya no podía jugar mejor de lo que estaba jugando.  Todo lo suyo era perfecto, tal como lo era lo de Ararat.  Sólo la suerte, esa maravillosa suerte que lo acompañaba desde su más tierna infancia, podía permitirle ganar.  Empezó entonces a murmurar “doble 6”, “doble 6”, “doble 6”… Debemos aclarar que en éste juego los dobles –es decir cuando los dos dados caen con el mismo número- implican jugar dicho número no dos veces sino cuatro veces.  Casi cualquier doble, pero especialmente el doble 6, definían el match sin lugar a duda alguna.

En los siguientes tiros nadie sacó dobles, y así llegamos a las tres últimas jugadas del último partido del match.  Polo seguía, no ya musitando sino gritando, “doble 6”, “doble 6”, “doble 6”, como forma de invocar a los dioses y a las musas del backgammon.

Tiró Polo y quedó en posición ganadora, porque le quedaba una sola ficha por sacar.  Ararat tenía cuatro fichas y mal ubicadas para salir.  La lógica era que con su tiro pudiera sacar solamente dos, y a continuación Polo ganara.  Pero el argentino estaba tan nervioso que en lugar de callarse la boca siguió gritando “doble 6”, “doble 6”, “doble 6”

Tiró entonces Ararat, y para estupor de los presentes, los telespectadores y los internautas… sacó un doble 6.  Para que quede clara la magnitud de su hazana, la posibilidad matemática de sacarse un doble 6 con dos dados es de 1 en 36.  Es decir nada más que un 2,77 %. 

Primero hubo un silencio de más de un minuto.  Cuando Ararat volvió a la realidad empezó a festejar como un loco con todos los que tenía cerca, incluyendo sus cinco modelos.  Polo se desmayó.

Cuando la gente de Cruz Gamada logró reanimarlo, aplicándole corriente con un cable, nuestro hombre no entendía que había pasado.  Cuando le explicaron que había perdido porque su adversario sacó un doble 6 mientras el seguía invocando ese mismo dado aunque ya no lo necesitaba, volvió a desmayarse.  Nuevamente el personal paramédico lo asistió, agregando a la corriente un cuchillo clavado en el muslo. 

Cuando Polo volvió a despertar no dijo una sola palabra.  Se paró, felicitó y saludó a su rival con un abrazo, le dijo que el premio estaba en las mejores manos, y se retiró hacia la salida.  No quiso hablar con la multitud de noteros y periodistas que lo esperaban a la salida, y se dirigió al Aeropuerto.

En el mostrador de Armenian Airlines preguntó cuando salía el próximo vuelo hacia Nepal.  En un par de horas estaba embarcando hacia ese destino, con escala en Montevideo.

Polo es hoy un monje budista de clausura.   Alejado de todo lo que sea juego, vicios y todo vestigio de vida mundana –ya que las cinco modelos lo abandonaron- pasa sus días meditando, orando, y no habla siquiera con los otros monjes.  La meditación no es sobre las grandes cuestiones de la existencia humana, tipo de donde venimos, quienes somos o hacia donde vamos, sino sobre un único tema obsesivo y recurrente.

Polo se pregunta todos los días y todas las noches si había tenido algún sentido invocar a la suerte, cuando esa misma suerte ya lo había acompañado toda su vida.
Y hacerlo en el momento justo en que no la necesitaba.  El doble 6, por su parte, lo acompaña siempre –cual cruel y espantosa pesadilla- en sus horas de sueño.  Esto que hemos relatado es lo último que sabemos de Polo. Personalmente, nunca podré tomarme la revancha de lo ocurrido en Ilha Grande.

4pasos.com

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