
Supongo que lo que en principio sería un alivio puede tornarse frustración para el amo, que se vería sustituido por un vil cojín. Así que, tras varias luchas internas, al final el gato volvería a su lugar y todo seguiría igual. Excepto por los 140 euros gastados en la camita de marras, que sólo podría ser usada para practicar técnicas de disimulo a la hora de meter mano por debajo de la mesa (si es que alguien sigue haciéndolo).
fuente: No Puedo Creer