La grieta cognitiva

La IA podría generar una grieta cognitiva
por Dr. Horacio Krell*

Entre tecnooptimistas y tecnopesimistas. La IA está creando otra grieta que atraviesa las ideologías tradicionales: ¿la tecnología ampliará las capacidades humanas o terminará debilitándolas?

Durante mucho tiempo, las grandes discusiones políticas se organizaron alrededor de una grieta conocida: izquierda contra derecha. Pero la inteligencia artificial está creando otro eje de debate, que atraviesa las ideologías tradicionales: ¿la tecnología ampliará las capacidades humanas o terminará debilitándolas?

No se trata de una división absoluta. Entre quienes celebran el avance tecnológico y quienes advierten sobre sus riesgos existe una amplia zona intermedia: la de quienes sostienen que la IA debe desarrollarse, pero con reglas, límites y una dirección compatible con la democracia y la dignidad humana.

La verdadera discusión, entonces, no es IA sí o IA no, sino qué IA queremos, quién la controla y qué lugar conservará el ser humano.

Los tecnooptimistas: la era de la abundancia

Los tecnooptimistas consideran que la IA puede inaugurar una era de abundancia. Si una máquina puede producir conocimiento, software, imágenes, diagnósticos o asesoramiento a costos cada vez menores, muchas actividades intelectuales dejan de estar limitadas por la escasez humana.

Desde esta perspectiva, la IA puede aumentar la productividad, democratizar el acceso al conocimiento y liberar a las personas de tareas repetitivas.

Algunos defensores de esta visión reclaman menos restricciones para acelerar la innovación. Su argumento es sencillo: regular demasiado pronto una tecnología en evolución puede impedir que aparezcan sus beneficios.

Pero existe una pregunta que la abundancia no responde:

¿Qué sucede con el ser humano cuando aquello que antes necesitaba aprender comienza a estar disponible instantáneamente?

Los tecnopesimistas: el efecto Frankenstein

En el extremo opuesto aparecen los tecnopesimistas. No necesariamente rechazan la tecnología: advierten sobre sus consecuencias si su desarrollo supera nuestra capacidad de comprenderla, controlarla y gobernarla.

La metáfora de Frankenstein resulta atractiva: “tú me creaste y ahora yo te domino”.

El temor más profundo aparece cuando imaginamos sistemas cada vez más autónomos capaces de ejecutar tareas, utilizar herramientas, corregir errores, diseñar estrategias y mejorar determinados aspectos de su propio funcionamiento.

No significa que una inteligencia artificial haya adquirido necesariamente una voluntad propia ni que exista hoy una máquina fuera de control. El problema es otro: cuanto mayor sea la autonomía de los sistemas, mayor será la necesidad de supervisión, trazabilidad y responsabilidad humana.

La discusión ya no es solamente tecnológica. Es económica, política, educativa y ética.

La paradoja de la abundancia: cuanto más conocimiento, menos pensamiento

Aquí aparece una paradoja central.

La humanidad está consiguiendo algo extraordinario: disponer de más conocimiento que nunca y obtener respuestas en segundos.

Pero tener acceso al conocimiento no equivale a saber pensar.

La IA puede convertirse en una prótesis cognitiva extraordinaria. El problema aparece cuando la prótesis reemplaza a la capacidad que debería complementar.

Si una persona deja de recordar porque la máquina recuerda por ella, deja de calcular porque la máquina calcula, deja de investigar porque la máquina busca y deja de cuestionar porque la máquina responde, puede producirse una pérdida silenciosa: la atrofia del esfuerzo intelectual.

Por eso la educación enfrenta un desafío nuevo.

No alcanza con enseñar a utilizar IA. Hay que enseñar a interrogarla, contrastarla, detectar sus errores, comprender sus límites y decidir cuándo no utilizarla.

La Biblioteca del Congreso argentino, al analizar la ética anticipatoria de la IA, destaca precisamente cuestiones como los sesgos algorítmicos, la transparencia, la responsabilidad de los sistemas autónomos y el impacto de la IA sobre el empleo.

El desafío educativo consiste, entonces, en pasar de una educación centrada en acumular respuestas a otra centrada en formular preguntas, conectar ideas y ejercer criterio.

La nueva economía: el recurso escaso vuelve a ser humano

Si la IA abarata progresivamente la producción y distribución del conocimiento, el valor económico comienza a desplazarse.

El conocimiento disponible puede volverse abundante. Pero no son abundantes:

La paradoja es formidable:

Cuanto más inteligente se vuelve la tecnología, más importante se vuelve aquello que la máquina no puede decidir por nosotros: para qué utilizarla.

Ese puede ser el verdadero capital humano del futuro.

Argentina: la grieta tecnológica también es social

Argentina enfrenta este cambio desde una situación particularmente compleja.

La discusión sobre productividad, empleo, educación, tipo de cambio, inversión, comercio exterior y gasto público ocurre al mismo tiempo que una transformación tecnológica que puede modificar profundamente la estructura laboral.

El problema de los jóvenes que no estudian ni trabajan —los llamados nini— adquiere una nueva dimensión cuando el mercado empieza a demandar capacidades digitales, cognitivas y socioemocionales diferentes.

No alcanza con incorporar tecnología a las aulas.

Hay que preparar a las personas para trabajar con la tecnología sin convertirse en dependientes de ella.

El debate sobre un eventual ingreso o salario universal aparece también en este contexto. Sus defensores lo consideran una posible respuesta frente a la transformación del empleo; sus críticos advierten sobre sus costos fiscales, sus incentivos económicos y el riesgo de desvincular ingresos de participación productiva.

La cuestión exige analizar evidencia y diseño institucional, no convertir una hipótesis económica en una verdad universal.

¿Apocalipsis o estrategia de poder?

Hay otro aspecto que merece atención: la economía política de la alarma tecnológica.

El filósofo Mark Coeckelbergh ha cuestionado algunas narrativas apocalípticas alrededor de la IA y ha señalado que el discurso sobre sus riesgos también puede relacionarse con intereses de poder y legitimación.

Esto no significa que los riesgos sean inventados.

Significa que debemos distinguir entre el riesgo real y el uso estratégico del miedo al riesgo.

La IA necesita inversiones gigantescas en centros de datos, chips, energía e infraestructura. Al mismo tiempo, las empresas tecnológicas buscan influir sobre las reglas que determinarán su futuro.

Por eso una pregunta resulta inevitable:

¿Quién define las reglas de la inteligencia artificial: los gobiernos, las empresas, los científicos, la sociedad civil o una combinación de todos ellos?

La discusión internacional ya se está desplazando hacia esa cuestión. Incluso sectores favorables al desarrollo tecnológico están planteando diferentes modelos de regulación y supervisión.

Palantir y el poder de los datos

El caso de empresas como Palantir permite observar otra dimensión del problema: la convergencia entre grandes volúmenes de datos, inteligencia artificial, seguridad y poder estatal.

Aquí conviene evitar conclusiones automáticas como que una determinada tecnología conduce necesariamente al totalitarismo. Pero sí existe un problema concreto que merece ser discutido:

Quien controla grandes cantidades de información puede adquirir una capacidad extraordinaria para observar, clasificar, predecir y eventualmente, influir sobre comportamientos.

La tecnología no es políticamente neutral cuando modifica la distribución del poder.

La vigilancia masiva, la utilización de datos personales, los sistemas de identificación y las decisiones automatizadas plantean interrogantes sobre privacidad, transparencia, responsabilidad y derechos individuales.

El problema no es solamente quién posee los datos.

Es también quien puede interpretarlos, quien puede utilizarlos y quien controla al que los utiliza.

Cuando el algoritmo se equivoca, el costo lo paga una persona.

Hay un aspecto económico que suele quedar oculto detrás del entusiasmo tecnológico: los errores también tienen un costo.

Un algoritmo puede equivocarse al identificar a una persona, rechazar un crédito, seleccionar un candidato laboral, recomendar un tratamiento o difundir información falsa.

Cuando el error queda dentro de una pantalla, parece abstracto.

Cuando afecta a una persona real, deja de ser abstracto.

Por eso la IA necesita mecanismos de auditoría, trazabilidad y responsabilidad. No basta preguntar si el sistema funciona.

Hay que preguntar:

¿Qué ocurre cuando falla? ¿Quién responde?

Estamos perdiendo algunas inteligencias antiguas

Quizás la amenaza más silenciosa no sea que las máquinas se vuelvan demasiado inteligentes.

Quizás sea que nosotros dejemos de ejercitar nuestras propias inteligencias.

Escuchar sin mirar el teléfono.

Mirar sin fotografiar.

Esperar sin consultar.

Conversar sin intermediarios.

Leer sin interrupciones.

Pensar antes de responder.

Encontrarnos físicamente con otros seres humanos.

Son capacidades antiguas que sobrevivieron durante miles de años y que hoy compiten contra una economía diseñada para capturar nuestra atención.

La paradoja es inquietante: construimos máquinas cada vez más inteligentes mientras corremos el riesgo de volvernos más distraídos.

La salida argentina es también cognitiva

Argentina necesita resolver problemas económicos, productivos y regulatorios. Pero existe una dimensión menos visible y quizás más profunda:

La batalla por el futuro también se libra dentro de la mente humana.

En un mundo inundado de respuestas automáticas, el pensamiento crítico se convierte en un recurso escaso.

La persona valiosa no será necesariamente la que compita con la IA para recordar más datos.

Será la que sepa qué preguntar, qué verificar, qué conectar, qué imaginar y qué decidir.

La educación del futuro no debería formar pasajeros de la tecnología.

Debe formar directores de orquesta capaces de conducirla.

La IA puede convertirse en nuestro segundo cerebro. Pero el primer cerebro debe conservar la dirección.

Porque el verdadero peligro no es que las máquinas piensen.

Es que nosotros dejemos de hacerlo.

ACERTIJO

Si una inteligencia artificial puede responder casi cualquier pregunta, ¿cuál será la habilidad humana más valiosa?

La respuesta no está en saber más respuestas, sino en saber hacer mejores preguntas.

* Dr. Horacio Krell. Director de Ilvem. horaciokrell@ilvem.com

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