Cómo darle inteligencia a la pasión

Una pasión inteligente llega a cualquier puerto. Pasión sin inteligencia es un barco a la deriva.

Si todos roban, el que no roba es un tonto. Esta moral sería la que se acepta en una determinada comunidad, esa frase describe lo que se hace en ella. La ética en cambio es saber diferenciar lo que está bien de lo que está mal, es la teoría de la moral, la de determinar cómo se debería vivir. Mientras que las emociones son subjetivas y nos llevan a actuar por conveniencia las razones son argumentos que nos permiten graduarlas, dado que las mejores razones son las que deberían fundamentar nuestras elecciones.

Los pasos a seguir en una decisión ética son:

1° analizar las consecuencias,

2° imaginar cómo afectan a los demás y

3° ponernos en su lugar. Es como el experimento que realiza un científico, sólo que es un experimento mental que permita pensar en las razones en las que basamos las decisiones que tomamos.

En una decisión ética hay que preservar los valores,  en un dilema moral hay valores en juego, que pueden ser contradictorios. Por ejemplo el valor de verdad puede enfrentarse al de salvar la vida de un inocente y ante ese dilema, no es inmoral decir una mentira. En última instancia, de lo que se trata, es de conjugar lo que podemos hacer con lo que debemos hacer y con lo que queremos hacer.

Un veraneante está tomando sol y ve a un chico que se está ahogando sin nadie al lado, a unos metros de la orilla. Tiene tres opciones. Una, buscar al bañero, que no está cerca. Otra, asumir el peligro de arrojarse él mismo al mar. La tercera, hacerse el distraído para no complicarse.

Cada una de estas opciones trae consigo un diferente nivel moral. Si el veraneante llama al bañero, hará lo correcto pero no lo heroico. Si se arroja al mar, se convertirá en un héroe o en un mártir. Si ignora el incidente, cometerá un crimen conocido como “abandono de persona”. Moralmente, no está obligado a arriesgar su vida. Si la arriesgara, los moralistas llamarían a su acción “supererogatoria”, un adjetivo que se aplica a quienes hacen lo que no están obligados a hacer pero que, cuando lo hacen, reciben el elogio encendido de la sociedad.

La ética indaga sobre la moral, sobre una cultura que se nos impone. A veces creemos autodirigirnos pero nos arrastra la corriente. La inteligencia ética es un compromiso sobre qué y cómo hacer. Al animal lo determina su rutina biológica, el hombre es miope comparado con el águila, pero puede sondear en lo invisible. Descubre las cosas como son y cómo podrían ser. Comprende y asocia los estímulos a través de los  conceptos.

Las emociones engañan. Nos llevan a las contradicciones: acusamos de corrupción a los políticos, pero aceptamos nuestra vocación transgresora. Nos quejamos de los baches pero arrojamos papeles a la calle. La anomia es la ilegalidad, en la esfera pública o privada. Ser transgresor tiene imagen positiva. Mientras un sistema establece reglas, funciona en nuestro cerebro un código trasgresor que tiene más fuerza que la ley. Para sacar a los chicos de la calle se buscan fuentes de trabajo, pero la escuela no les enseña a pensar, y la moral es arrastrada por la cultura mediática con un modelo perverso que exalta la copia de lo burdo. La generación anterior tenía valores: Serás médico, ingeniero. Y los hijos seguían el mandato paterno. Pero hoy todo cambió. Los padres dicen: “lo que quiero es que seas feliz”, pero eso es más difícil que lograr un título. Todo el mundo lo hace no es excusa. La inteligencia ética es visión, constancia, disciplina, honestidad, riesgo y sacrificio. La reputación es como nos ven, el carácter es como actuamos cuando nadie nos ve. Para no destruir el cemento social de la confianza al logro debemos alcanzarlo honestamente.

Una cosa es el tema jurídico, otra cosa es la falta de ética, es cuando los funcionarios se benefician con las decisiones de su administración y del entramado de hechos corruptos que las rodean. Cuando una sociedad tiene una doble moral, ¿por qué sus gobiernos serían mejores que ella?

Los gobiernos se ocupan de la ética cuando los costos de la solución superan a los costos de ignorarla. Muchos en la sociedad apuestan por empresas que certifiquen estar libres de trabajo infantil, de esclavitud, de crueldad animal. Y las empresas toman nota de eso.

La diseñadora Stella McCartney accedió al video de una estancia argentina en la Patagonia donde degollaban con serruchos y desollaban vivos a los corderos y canceló el contrato con esa firma como proveedora de lana y la noticia dio la vuelta al mundo. Muchos otros consumidores, preferirían no saberlo. Así, cuando un edificio ardió en la capital de Bangladesh, y devoró la vida de centenares de trabajadores, muchos entendieron cuál era el secreto del bajo precio de la ropa personas que ganaban miserias y cosían entre tela y cables, que al final ardieron.

Una doble moral. Las industrias de alta tecnología se localizan en los países desarrollados y dejan a los subdesarrollados una tecnología atrasada con contaminación ambiental. Hay países en los cuales sus recursos naturales se convierten en una maldición. La imagen de una naturaleza abundante y extraordinaria fue acompañada de una visión de que deben ser proveedores ilimitados de recursos naturales, bajo el falso argumento de que su “ventaja comparativa”, está en su capacidad para exportar naturaleza. Las empresas más contaminantes instalan una ingeniosa operación discursiva con la que maquillan de verde lo que hacen. Viejas empresas químicas se convierten en empresas de la vida, ex fabricantes de gases de combate devienen en factorías biotecnológicas, las megamineras se declaran sustentables y las empresas quieren demostrar cuán verdes son.

La idea del decrecimiento, sostiene que a la velocidad con la que avanza el imaginario tren del progreso -economías cada vez más grandes, dedicadas a consumir y descartar – no pueden terminar  bien.  Y para quien quiera las señales ya están ahí, como un avión que se hunde en la pista de despegue porque el calor derritió el asfalto. Muchos siguen mirando las vidrieras de un shopping que se derrumba.

Todos creen que “las universidades aportan al desarrollo del país”, pero nadie sabe qué carreras se deberían impulsar, se mezcla la universidad que deseamos con la real. El sistema universitario es un campo heterogéneo, con ideas encontradas, y coincidencias, pero todo sigue igual.

Todo es igual, nada es mejor. Cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?, decía Keynes. En los problemas sociales es aplicable la historia enfermo asintomático que es obligado a un chequeo y descubre que los índices están dislocados, que padece males peligrosos, y que debe someterse a una difícil cirugía si no quiere reventar. La operación resulta muy complicada puesto que el deterioro es más importante de lo que se suponía, y el médico informa que está en coma farmacológico, pero que es optimista. A medida que transcurren los días, lo acusan y amenazan porque sigue inconsciente. Finalmente aplica una medicina de shock para despertarlo de una vez, aunque esa terapia no sea la mejor a largo plazo. Como dijo Keynes, “lo inevitable rara vez sucede; es lo impensable lo que suele suceder”.

Los puntos negros. En la comedia francesa “El archipiélago Lenoir” se pintan los secretos de una acaudalada familia burguesa de bodegueros enriquecidos llenos de prejuicios, hipocresías y mezquindades típicas de nuevos ricos instalados en el gran mundo de la aristocracia. En una reunión social dada en su mansión a la que asisten un conde y su amante, llamada Lolotte, ella lanza dardos despreciativos sin ningún pudor sobre la fortuna de sus anfitriones y dice: “En el origen de todas las grandes fortunas siempre hay un punto negro”. La señora de la casa indignada sin titubear contesta: “Hay fortunas amasadas con esfuerzo y trabajo” a la que le retruca: “Del trabajo nadie duda pero el punto negro existe igual en la mayoría de los casos”, la señora no se rinde y contesta: “Las malas acciones Dios las castiga desde el cielo y quien no haya sido honesto deberá responder y Lolotte dice: “¿Desde el cielo? ¡qué lejos! ¡se debe ver todo borroso!”

Asé se define la impunidad que los ricos tienen para perpetrar todo tipo de negociados, resguardando su deshonestidad bajo el paraguas del poder político que necesita el dinero de unos y el prestigio social de otros para hacer campañas. Cada tanto el mundo se estremece con “Mani Pulite”, pero hay varios dispuestos a usar sus dedos mágicos para convertir a empleados en millonarios cuyos puntos negros es mejor no investigar.

Jugar al truco. Si confundes lo que eres con tus deseos: vives pensando que tus deseos son reales y presentes y no haces nada por conseguirlos. El juego del truco no está basado en la inteligencia del contrincante sino en “hacerlo entrar”, en engañarlo. El origen de palabra “truco” significa “trampa”. El que juega al truco con su vida no vive atento a lo que es sino a una figura ideal, le gusta la imagen que tiene de sí mismo.

Vive entregado pero no a una realidad, sino a una imagen ¿Trabajar? Que trabajen otros. El mundo camina solo”. El desfase se da entre vivir como “deseamos” hacerlo” y como “podemos” ¿Somos un país inmensamente rico? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para que esas riquezas se concreten? ¿Dejaremos de ser, alguna vez, los eternos niños promesa?

La ciencia de las emociones.  El hombre funciona con esquemas mentales, casi sin pensar. Y esos esquemas mentales producen sesgos morales como ‘mi grupo tiene la razón’, ‘somos los mejores’. Y hoy la ciencia dice que los grupos que piensan así, rinden mucho menos. Hay que escuchar al otro, ponerse en el lugar del que piensa diferente. Estamos permanentemente como en la guardia de un hospital. El hospital tiene varias partes: tiene una guardia, donde se ven las emergencias, la coyuntura, pero además tiene un lugar de prevención, de investigación para el futuro.

Y un país es también como un hospital donde hay que pensar en el futuro, en  lo que nos puede unir. La revolución de la educación debe ser lograr la integridad, luchar contra la pobreza, contra la corrupción, tener proyectos de estado. Ahí debemos poner la energía. Es importante el corto plazo, pero la clave es el largo plazo. Atender lo urgente, pero sin olvidar la meta. Nosotros estamos siempre en lo urgente, olvidando qué proyecto de país queremos. El conocimiento y la educación no es lo que aprendemos de historia o de geografía, sino saber cuidar el cerebro, el capital mental, para que pueda desarrollarse, combatiendo la pobreza no sólo con vivienda y alimento, sino mejorando el contexto con más calidad educativa, con empresarios que no sean socios del Estado y con una sociedad basada en el conocimiento. Nosotros tenemos una herida social, una deuda social, y los que no estamos en esa deuda social tenemos que sentir el dolor del otro. Hay que incluirlos, hay que tomarlos, tienen que ser nuestra familia.

Darse la buena vida. Hace referencia a una vida placentera, a darse todos los gustos en vida. Una buena mesa, un buen vino,  buena ropa, todo lo que debe saber un especialista en el arte de vivir. La vida buena en cambio, no se limita al placer hedonista, es la que nos brinda un sentido valioso, valores, un por qué vivir. Es lo que nos pemitirá decir con Amado Nervo que, al final de un largo camino, hemos sido los arquitectos de nuestro propio destino: vida nada te debo, vida estamos en paz. El yo ocurrente genera ideas. El  yo ejecutivo las canaliza. Lo traban paradigmas invisibles al pensamiento, que si no los cambia se somete. La  selección de contenidos valiosos, la dedicación a proyectos interesantes, permite convertir lo que somos en lo queremos ser. La inteligencia ética es el tablero de comando, dirige la conducta, la capacidad y se refleja en nuestros proyectos.

Dr. Horacio Krell. CEO de Ilvem, horaciokrell@ilvem.comfuente de la imagen
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