A esta vida amarreta

No somos amigos de nadie particularmente influyente que nos muestre como “gatos” cuando en verdad somos unas humildes, pero talentosas liebres, que “corren” sus carreras como si, al terminarlas, no hubiera sino que comenzar de nuevo, replanteo socio-económico mediante.  Porque en la llegada de esa sudorosa maratón está la escalinata —nuestros edificios éticos y profesionales no cuentan con ascensor— que, presumiblemente, nos conducirá al éxito, si es que encontramos la manera de incorporarnos como liebres en la que parece ser una sociedad de gatos triunfales.
Porque frente a la flagrante violación política y social del derecho a la igualdad —teniendo a la idoneidad como referente— nosotros persistimos en sentir e insistimos en pelear por lo que soñamos, aunque nos desaliente la restricción —la mayor parte del tiempo arbitraria— en todos los ámbitos donde vivimos nuestra libertad. Porque el significado de “sueño” no ha cambiado para nosotros, aunque a través de una complicidad político—televisiva se nos pretenda hacer creer que es un sueño tener una casa, operarse, rehabilitarse, recibir la atención médica adecuada. Porque para nosotros,  —jóvenes ¡y ya estresados!—  soñar es quizá lo que agrega sentido a nuestra vida, lo que hace latir nuestro corazón con un poco más de frecuencia que la que se necesita para “soportar” un viaje en colectivo, un paseo por la experiencia de la contorsión en el subte, y un estratégico esquive frente al arrebato de nuestra billetera en el tren, en la calle…En el colectivo,  en el subte. O en el departamento alquilado o hipotecado donde el sommier y los electrodomésticos se disfrutan en cuotas.
Nacimos en un barrio, somos de “las inferiores” consuetudinarias, pero siempre ganamos en tanto nos mantenemos alistados a nuestra convicción incorruptible: esto es, para triunfar en nuestra carrera, en nuestra vocación o en nuestro arte, deslizamos toda la maquinaria de nuestra experiencia y nuestro entrenamiento en el área en la que deseamos brillar.
No bailamos, no patinamos, no se nos ocurre desfilar desnudos por la Avenida Corrientes para que alguien “reconozca” nuestro esfuerzo y dedicación, cualidades harto trilladas para acceder “igualmente” al puesto vivencial que deseamos. Nos quejamos, sí, pero desde la popular o desde el campo de un estadio de fútbol, donde jugamos a canalizar nuestras agresiones cuando de un partido se trata, donde exfoliamos nuestro reclamo haciendo eco de un recital.
Casi no nos ven. Pero estamos. Siempre estamos, porque somos parte —aunque de diferente especie— de una sociedad donde el gato es el animal sagrado, y el sacrificio humano es lograr el éxito sin haber transitado ninguna carrera previa. Pero, ¡qué le vamos a hacer!, aún el corazón nos late —y es taquicardia— y hacemos las cosas que nos gustan en pos de la oportunidad que deseamos con la creencia firme de que así — honestamente— están bien hechas. Para pedirle a la vida, caminando y golpeando puertas, la posibilidad de ser lo que somos: luchadores reales, con sueños posibles, arrebatados por la realidad socio-económica y por quienes se han propuesto —y casi lo han logrado— en llamar sueños a las falencias que deben atender nuestros gobernantes.

* Gisela Mancuso. Abogada, redactora, escritora, ganadora de numerosos concursos literarios. giselamancuso@yahoo.com.ar. Autora del libro "Abrazo mariposa": http://ar.geocities.com/abrazomariposa/abrazomariposa.html  Fundadora del grupo de escritura: "El nombre de las palabras" http://ar.geocities.com/abrazomariposa/elnombredelaspalabras .

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