Dios no juega a los dados

La creencia en Dios está bajo la lupa de la ciencia bajo el supuesto de que el concepto de Dios es un fenómeno cerebral, como cualquier idea.

Las neurociencias y la genética miran a la religión como un fenómeno natural. Pero los científicos se contradicen entre sí. Refiriéndose a sus colegas algunos dicen: los científicos creyentes que investigan la cuestión entran en conflicto, no hay reconciliación posible entre religión y ciencia.

Einstein respondió así la carta de una niña que le preguntó si los científicos rezan: “los científicos creen que todo se debe a las leyes de la naturaleza. No tienden a creer que los acontecimientos surgen de la oración, es decir, por la manifestación sobrenatural de un deseo. No obstante, admitamos que nuestro conocimiento de esas fuerzas es imperfecto, de manera que, al final, creer en la existencia de un espíritu último y definitivo depende de una especie de fe. El que se dedica a la ciencia termina convencido de que algún espíritu se manifiesta en las leyes del universo, un espíritu superior. La dedicación a la ciencia conduce a un sentimiento religioso especial, diferente a la religiosidad del más cándido”

Juan Pablo II afirmó que: “La fe y la razón son las dos alas con las cuáles el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.

Dios no juega a los dados

Einstein abandonó algunas teorías para ser consecuente con sus creencias. Si todo estuviese predeterminado, como sugiere su frase, no existiría la libertad. Otro determinismo es pensar que azar no es ciego, que proviene de una causa inteligente, como si fuese el único juego que Dios nos permite. Pasteur pensaba distinto, que el azar sólo favorece a las mentes preparadas. Al pensar en el porvenir surgen la incertidumbre y el miedo. El desafío es adecuarse a un mundo donde conviven lo predeterminado y lo incierto. Para Prigogine el universo es provocativo y creador. El destino no nos espera, es lo que dejamos detrás de nuestro paso por el mundo.  No todo depende todo de nosotros, pero somos responsables por nuestras respuestas. Y como el futuro no existe, podemos inventarlo. Para el determinismo todo está escrito, para  el azar nada se sabe. Son puertas para huir de la responsabilidad. Hacernos cargo no garantiza el éxito pero nos da vida. Tengamos apertura ante lo desconocido y esfuerzo ante lo que aparezca. La vida está hecha cuando se termina, se escribe con la propia mano y se redacta con la propia letra.

Dios no vive sólo en el cerebro

El cerebro es condición necesaria pero no suficiente para comprender la experiencia religiosa. Para la neuroteología Dios está en cerebro. Es conocida la relación entre ataques epilépticos y experiencias espirituales. La neurociencia determinó que ante tales vivencias se activan zonas asociadas a emociones y recuerdos. En la década del 90, la década del cerebro, se halló el punto divino en los lóbulos temporales. Palabras como paz, dios, amor desencadenan su actividad. Las personas estimuladas aumentaron su solidaridad, la cooperación y la creatividad. Las creencias generan cambios en estructuras que se creían inconmovibles. Este conocimiento enriqueció el estudio de los estados alterados de conciencia, donde convergen antropología, chamanismo, bioquímica, y psicología. El peligro es dar explicaciones reductivas.

No distinguir la naturaleza de la religión, su importancia social, moral y teológica, rebaja lo espiritual a una mera cuestión neurológica.

Varias teorías ya consagradas removieron los fundamentos del materialismo -el supuesto de que la realidad es sólo materia-, y  cuestionado su método, el reduccionismo, que supone que la mejor explicación es la que logra reducir los fenómenos a sus estructuras más pequeñas. Algunas últimas tendencias de la neurociencia sigan operando bajo principios reduccionistas pero se presentan como aportes de vanguardia.

Creer o reventar

Tenemos tendencia a buscar causas, pero cierto grado de credulidad nos ha conferido ventajas, ya que somos máquinas de supervivencia y el exceso de análisis nos paraliza.  La visión devaluada equipara la creencia en lo sobrenatural con la superstición, cuando podría haber sido una ventaja evolutiva. Es un gran avance conocer el fundamento de la conducta y que las ciencias naturales se interroguen.

Es una muestra de apertura conceptual y al enfoque interdisciplinario. El problema es insistir en que la realidad es sólo materia y, por tanto, la conciencia y todas sus facultades son predecibles. La neuroplasticidad no alcanza a comprender la experiencia religiosa, no todo se reduce a al cableado neuronal. Explicar que Dios es una ilusión de la mente, que su presencia antigua y universal significó una ventaja adaptativa para la supervivencia, que sería posible programar experiencias espirituales; suena a excesivo materialismo en una sociedad consumista, desesperada por la falta de sentido, que busca llenar su vacío. Frente a la evidencia, la ciencia podría intentar ampliar sus parámetros. Es su deber reflexionar. El fundamentalismo es siempre peligroso, sea religioso o cientificista. La persistente búsqueda espiritual requiere más de una mirada. Su aceptación puede formar parte de una nueva actitud científica,  sin dejar de explorar seguir incentivando la búsqueda de sentido.

¿Por qué es el ser y no la nada?

La pregunta metafísica expresa una angustia existencial que precede a la civilización. Hace 160.000 años los Neandertales enterraban intencionalmente a sus muertos, lo que sugeriría que ya existía un pensamiento de un “más allá”, signos de empatía, colaboración y normas sociales precursoras de la moral, que antecedió a la religión. Desde entonces el mito y la religión se encuentran en todas las culturas a partir de una noción de lo sobrenatural y lo ritual, como antecesores de un pensamiento moral y de una serie de verdades sagradas. En estos tiempos, está de moda hablar de ciencia versus religión como forma de proclamar una guerra ganada con argumentos irrebatibles.

La pregunta interesante no es si Dios existe, sino por qué tantas personas son religiosas. Hay alrededor de 10.000 diferentes religiones, cada una de las cuales está convencida de que la suya es la única Verdad. 64% de la población mundial pertenece al catolicismo, protestantismo, islamismo o hinduismo. Durante años, el comunismo era la única creencia permitida en China. Pero en 2007, 1/3 de los chinos dijeron que eran religiosos. Alrededor del 95% de los norteamericanos creen en Dios, el 90% reza, el 82% cree en los milagros, más del 70%, en la vida después de la muerte.

Los códigos morales, las creencias en lo sobrenatural, la preocupación por el más allá, los ritos religiosos, son globales geográfica e históricamente.

Una corriente de las neurociencias considera que se forman con fenómenos emergentes de la mente, como atribuir intencionalidad a lo inanimado, la tendencia a encontrar patrones. La religión también podría generarse a partir de necesidades sociales y morales  que favorecen la cohesión.

El fenómeno religioso (la descripción de experiencias místicas o trascendentes) ha sido parte de nuestra especie desde sus inicios. El 85% de los seres humanos se describen a sí mismos como religiosos. El fenómeno religioso es, entonces, un fenómeno que amerita una explicación científica.

La religión es el opio de los pueblos

El argumento es que el cerebro genera la experiencia religiosa, y la consume, mediante la fabricación de neuroquímicos. La serotonina nos hace sentir bien y su mediador es la práctica activa de alguna religión. Cuando sus niveles  disminuyen, el cerebro comienza a secretar hormonas tales como la cortisona, que se asocia con el sentimiento  de bajón. La práctica religiosa, cumplir con ceremonias, ir a misa los domingos, genera la serotonina suficiente para hacernos sentir reconfortados. El efecto no es permanente y tiende a disminuir por el estrés o por acciones concebidas como malas  (haber pecado) y el cerebro consume religión para volver a sentirse bien.

Otros investigadores sugieren que la tendencia a ser religioso es parcialmente heredable, que parte puede ser atribuida a genes y que la selección natural favorece a los individuos más espirituales porque les otorga un sentido del optimismo que los afecta positivamente, tanto en el nivel físico como psíquico. La religión es la forma que se da al sentimiento espiritual. El ambiente en el que crecemos hace que la religión de nuestros padres se imprima en nuestros circuitos cerebrales durante el desarrollo temprano, de forma similar a como lo hace el lenguaje.

El sistema límbico procesa las emociones, consolida recuerdos. Las neuroimágenes durante el sueño señalan más actividad cerebral en el sistema límbico, que es lo que se ve en sujetos que toman psilocibina. Pacientes con epilepsia refieren un estado de ensueño, una doble conciencia, porque no dejan de percibir su realidad actual, pero se sienten envueltos en la onírica. Si en una cirugía el cirujano estimula áreas del lóbulo temporal, el paciente puede referir sensaciones oníricas y de disociación con la realidad. La actividad en estas zonas se correlaciona con la sensación de soñar. Es  una situación que favorece experiencias religiosas porque es un estado en el cual se suprime  la búsqueda de explicaciones racionales.

Un graduado en teología, Walter Pahnke, administró Psilocibina antes del Viernes Santo a voluntarios, mientras un grupo control recibía como placebo niacina, que produce cambios fisiológicos. Casi todos los que consumieron psilocibina experimentaron profundas experiencias religiosas.

El cerebro es una máquina de creer

Y no sólo en la existencia de un Dios, sino en conspiraciones, ideas políticas, en la vida después de la muerte. Según encuestas norteamericanas el 60% cree en demonios, el 42% en fantasmas, el 32% en ovnis, el 26% en la astrología, el 23% en las brujas y el 20% en la reencarnación. En otra del Reader’s Digest, el 43% creía que puede leer el pensamiento, 50% haber tenido una premonición de algo que ocurrió, más 66% asegura que puede sentir cuando alguien los mira y el 62%, que podía saber quién llama antes de atender el teléfono.

A partir de datos sensoriales, el cerebro busca y encuentra patrones, y los llena de contenidos. A la tendencia a encontrar patrones se suma la de atribuirles sentido, intención. No podemos evitarlo. Nuestros cerebros conectan todo con patrones de significados que explican por qué suceden las cosas. Luego se transforman en creencias y estas creencias dan forma a nuestra interpretación de la realidad. Son los modelos mentales.

Un grupo pequeño de voluntarios con los ojos tapados realizó movimientos con sus manos enfrente de su cuerpo mientras un brazo robótico hacía los mismos movimientos y los tocaba en la espalda. Cuando se retrasaban los movimientos del robot en unos 500 milisegundos, los participantes aseguraban ver fantasmas a su alrededor y sentir que el dedo robótico que los tocaba pertenecía a una presencia invisible. Esto ilustra cómo los “fantasmas” están en la mente y hacen surgir señales confusas, como cuando se pierde el sentido de la posición por causas físicas o psíquicas.

La tendencia innata es a ver patrones aun donde no los hay. La naturaleza no tiene intenciones, ni moral ni propósitos: somos nosotros quienes los vemos por todos lados.  Otro enfoque explica la persistencia de las creencias religiosas por una necesidad natural de identificación con el grupo de pertenencia. Se atribuye un protagonismo especial en esta propensión a un sistema del cerebro conformado por las “neuronas espejo”, que se activan tanto cuando un individuo actúa como cuando la misma acción es realizada por otro. Que un área se prenda o se active no nos dice mucho en sí mismo acerca de los procesos que ocurren en dicha activación ya que podría tratarse de procesos diferentes, e incluso opuestos.

La religión se mueve por la fe y la ciencia por la evidencia, la religión ofrece certezas; la ciencia, dudas; la religión propone explicaciones sobrenaturales; la ciencia se contenta con lo fantástica que es la naturaleza. Lo deseable es ejercitar el pensamiento racional como alternativa a las pseudociencias. El desafío del cerebro es comprenderse a sí mismo. La ciencia todavía no dijo la última palabra.

Creer o no creer

Los verbos crear y creer se conjugan igual en la primera persona: “Yo creo”. La inteligencia espiritual es la madre de toda inteligencia ya que señala el camino para que las complementarias la ayuden a convertir el espíritu en materia. Según la Biblia Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y lo dotó de su poder creador. El creativo cuando es innovador es el mejor imitador de Dios en la tierra.

Cuando Gillette quiso crear un producto para todos los hombres y dejar su empleo, decidió usar su capacidad de observación. Al recorrer su pueblo se asombró viendo a muchos hombres con la cara cortada. Y surgió su idea de la máquina de afeitar. Una idea que se convirtió en materia.

Todo lo que hacemos se basa en creencias, lo importante es juzgarlas por lo que producen. Una ideología cerrada puede ser cobijada tanto por un religioso como por un científico. Pueden barrer como basura, debajo de la alfombra, lo que la otra aporta. La ciencia misma cambió con el tiempo y sus ideas surgen de creencias, distintas a las del crédulo pero creencias al fin. Einstein mismo se horrorizó que su ciencia fuera usada para construir la bomba atómica. Ni la ciencia ni la religión han logrado solucionar el drama de la pobreza ni perfeccionar la educación que es la que fabrica los ciudadanos del futuro.  Deberíamos apostar en esa dirección para que la controversia entre ciencia y religión se debata en otro nivel.

Y mientras siga el debate hagamos de este mundo un lugar mejor donde vivir.  Tal como reza un cartel ubicado en el museo de ciencias naturales de la ciudad de New York: “el mundo no es un legado que nos dejaron nuestros padres, es un préstamo que nos hacen diariamente nuestros hijos”.

Dr. Horacio Krell. CEO de Ilvem. Mail de contacto horaciokrell@ilvem.com

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