Las cuatro estaciones de las empresas

Las empresas, como los seres vivos, cumplen sus propios ciclos vitales. Génesis, crecimiento, estabilidad y decadencia son procesos que podemos distinguir en casi todas las organizaciones, como si todo lo que se mueve quisiera seguir esa lógica de apresurarse hacia su auge para estancarse primero y luego empezar a decaer. Las empresas tienen sus propias estaciones, y hoy nos atrevemos a relacionar cada una de ellas con las fases de un negocio.

Comenzamos (como Vivaldi y como el calendario persa) por la ¡primavera!

Primavera es la estación en la que el tren, ya cargado de ideas, ya cargado de prospecciones, parará 5 minutos. Respira. Va a comenzar una nueva andadura. Las semillas germinadas comienzan a mostrar los primeros brotes, el producto está listo para comenzar a correr por sus propias vías. El proyecto comienza a tomar vida propia, va pleno de afán de autonomía.

Así, levantamos la persiana de nuestra tienda para ir ensayando las ideas más novedosas. Seguimos con entusiasmo un proceso constante de prueba-error que viene como anillo al dedo para nuestra estructura informal y para nuestra extensión mínima.

Poco a poco, por nuestra puerta, comienzan a entrar clientes. Cometemos muchos errores pero los afrontamos rápido, reaccionamos velozmente; somos pocas personas, por lo cual podemos tomar las decisiones con rapidez. Asumimos las pérdidas confiados en las siguientes cosechas. ¡Despegamos!

¡Estamos vendiendo! Poco, es cierto, pero pronto venderemos más ¡está tan bien nuestra oferta! Ya hemos tenido la experiencia de que no todas las semillas llegan a germinar, solo las más aptas, las mejor cuidadas, las que más suerte han tenido. Y ahora haremos la experiencia de que no todos los brotes se hacen mayores. Muchas empresas mueren en primavera… ¿Las hay que viven en permanente primavera?

Las empresas crecen ¡Ha llegado el verano!

Conviene parar en esta estación, mirar el estado de la vía que hemos recorrido, observar con cuidado la vía que tenemos por delante. Si paramos un momento constataremos que hemos crecido, que nuestra oferta tiene que seguir mejorando, que no es lo mismo el goteo inicial que la avalancha de ventas que estamos disfrutando… sí, disfrutando con cansancio, con sensación de sofoco ¡qué calor! pero disfrutando.

Ya hemos alcanzado esa ventaja competitiva que tanta falta nos hacía para satisfacer nuestra creciente demanda, colas y colas de clientes esperan a nuestras puertas reales y virtuales. Es nuestro apogeo. Cierto que hemos de afrontar las pérdidas primaverales, pero no es menos cierto que aquellos errores han dado sus frutos.

Ahora nos planteamos la expansión, nuestra estructura se solidifica, se agranda. También hemos aprendido a estar pendientes de la competencia. Pero a los máximos momentos de sofoco veraniego les sigue una tormenta fuerte.

Cuando el viento amaina vemos que nuestro árbol ha resistido, hemos perdido, quizás, alguna rama, y sin embargo sabemos que tenemos claros los procesos necesarios para redirigir nuestra organización a su vía justa. También algunas empresas mueren de éxito ¿Las hay que consiguen mantenerse en permanente verano?

Sigamos el recorrido, próxima parada: otoño

Echamos un vistazo hacia atrás, otro hacia adelante y, sin detenernos a observar los pequeños cambios, sin pararnos a mirar ese tren pequeñito, casi insignificante, que nos ha adelantado por la vía de al lado, seguimos, convencidos de que ya lo hemos visto todo. Algunas ramas dan signos de quebrarse, pero el árbol sigue en pie.

Conocemos bien nuestro negocio y, aunque algunos clientes empiezan a optar por la competencia, no nos preocupamos, estamos relajados, cómodos. Qué aire amable, apacible, le dan los tonos del otoño a nuestro negocio. Nos gratifican los clientes antiguos, fieles, tan conocidos.

Quizás vemos pasar a nuestro lado el tren de la internalización, quizás perdemos la oportunidad de conectar con proveedores y clientes, quizás delegamos justo aquello que no deberíamos delegar y, al contrario, nos ocupamos de aquello que ya hacemos mecánicamente.

A veces reaccionamos. Serramos una rama que está a punto de caer, hacemos un injerto con la esperanza de que florezca en otoño, no esforzamos en limpiar el suelo de hojas secas. Pero nuestro paraíso otoñal comienza a tener amenzas fuertes, aparecen los primeros fríos agudos. ¿Y si pensáramos en las cosechas de otoño? ¿Podríamos mantenernos en un otoño eterno?

Última parada: invierno

En esta parada sí, en esta paramos. Nos bajamos del tren, estiramos las piernas y miramos la vía que ya hemos andado, largamente. Eso sí, se nos olvida mirar hacia adelante antes de subir, un poco a regañadientes ¡qué bonita es la vía que acabamos de dejar! Una vez en el tren parece que las vías se han multiplicado y que todos los trenes pasan más veloces que el nuestro.

Nos vamos quedando sin hojas, los frutos ya han sido cosechados y la escasa producción que tenemos se la comen la rigidez de nuestra estructura ¡funcionaba tan bien! y la burocratización. Parece que la experiencia acumulada nos sirve para volver a adoptar, una y otra vez, las mismas recetas. Y todo se va tornando blanco.

Entre las capas de la helada asoman, no obstante, algunos brotes invernales; las flores del verano se han congelado pero nuevas flores aparecen, aisladas. Ahora toca reinventarse o morir. Volver a iniciar el ciclo (con la experiencia acumulada y el ansia de la primavera) o quedarse congelado hasta que apague la luz el último cliente.

Si la organización ha tomado el paso de mastodonte, habrá que desmebrarla y coordinar muy bien sus partes de manera que se creen espacios de innovación para cultivar los primeros brotes invernales. Avancemos fomentando la cooperación con otras empresas, cultivando la empatía con nuestros viejos clientes y lanzando nuevos proyectos que atraigan a más consumidores y hagan revivir a los más fieles.

De lo contrario, entraremos en permanente invierno. ¿Crees que se puede mantener una organización congelada durante mucho tiempo?

IDacción

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